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http://www.sindominio.net/karakola/precarias/CGT_precariedad.htm
CGT comision contra la precariedad y la exclusion
Es necesario explicar de dónde surgen las reflexiones que se van a
exponer a continuación. Las ideas sobre precariedad que aquí intentamos
desmenuzar se enmarcan en las líneas de reflexión y debate que se están
siguiendo en la Comisión Confederal contra la Precariedad y la
Exclusión de CGT. Esta comisión surge de la constatación de que la
problemática a la que se enfrenta CGT como sindicato y como movimiento
social está cambiando. La precariedad y la exclusión se están
convirtiendo en realidades sociales de una importancia enorme, por su
extensión y profundidad.
La Comisión Confederal contra la Precariedad y la Exclusión, cuya
constitución se aprueba en Plenaria Confederal de Diciembre de 2002, la
constituyen diversos militantes de CGT.
Los miembros de la Comisión proceden de diversos campos de acción
(directa o indirectamente vinculados con la precariedad y la exclusión
social) y con diversos bagajes y responsabilidades en la organización,
pero todos y todas con interés en trabajar sindical y socialmente el
amplio territorio de lo que se denomina precariedad y exclusión social,
desde las estructuras y estrategias de la CGT.
En primer lugar, enmarcamos la precariedad laboral (es decir, la
precariedad en el empleo, en el trabajo remunerado tanto formal como
informal) dentro de una idea más amplia de precariedad en la vida, que
incluye aspectos no directamente vinculados al empleo. Preguntarnos qué
significa eso de precariedad en la vida significa preguntarnos qué
cosas necesitamos para vivir, cuya falta o inseguridad nos genera
malestar (o nos excluye socialmente). Que esto ocurra es posible porque
vivimos una sociedad que se ha organizado con los mercados como
epicentro y que los establece como prioridad social. Es decir, estamos
en una sociedad que permite que la lógica de acumulación que rige a los
mercados capitalistas sea también la lógica que rige al conjunto del
sistema socioeconómico. Así se pueden analizar diferentes formas de
vivir la precariedad (o las precariedades) relacionadas, en primer
lugar, con los distintos ámbitos de las necesidades y de las formas de
satisfacerlas; y en segundo lugar, vinculadas con un deficiente o
escaso reconocimiento, acceso y ejercicio de derechos sociales, a penas
considerados como tales en la actualidad. Intentamos finalmente
reflexionar en torno a las dinámicas que interrelacionan la precariedad
y la exclusión, fenómenos que aunque no están claramente diferenciados,
deben ser pensados como dos caras de una misma realidad.
1. ¿Qué es la precariedad?
Antes de contestar esta preguntar, hay señalar o enumerar, aunque sea
someramente, los "lugares", dramáticamente comunes, en los que
actualmente la precariedad se manifiesta:
Hay sectores o subsectores productivos enteros sostenidos mediante
empresas que se constituyen en base a la precariedad laboral de sus
trabajadores (ejemplos: sector Telemárketing, pequeñas y medianas
empresas del metal).
Hay servicios públicos que mantienen cada vez mayores bolsas de
trabajadores/as en precario, tanto como proceso de selección previo al
estatus de funcionario como para "abaratar" costes sociales (distintas
modalidades de interinos/as en educación, administración, sanidad.)
Hay convenios colectivos de grandes empresas que negocian el
sostenimiento del poder adquisitivo y otros derechos sociales
adquiridos para la plantilla fija, a cambio de que las nuevas
incorporaciones de trabajadores/as sean mediante contratos en precario,
o directamente cedidos por ETTs.
Están, por supuesto, las ETTs, expresión legal de cómo sacar beneficios
con el alquiler temporal de mano de obra, fundamentalmente juvenil y
femenina.
Se amplifica la también secular precariedad en el trabajo temporero
agrario, con explotación incontrolada de mano de obra inmigrante, en un
alto porcentaje indocumentada.
Se extiende la sempiterna economía sumergida o no formal, que aumenta
en la misma medida en que la precariedad se institucionaliza.
Pero sin lugar a dudas son las mujeres las que conforman el mayor
sector de población que circula en todos y cada uno de los mecanismos
de la precariedad, que atraviesa y, por tanto, sufre y padece, las
múltiples formas del trabajo en precario, de la explotación, de los
distintos niveles de pobreza, y de la exclusión social. La precariedad
tiene casi siempre nombre de mujer:
· Se mantiene sin prácticamente cambios la precariedad secular de
las mujeres en el trabajo doméstico (tanto por cuenta propia como
ajena). Así como en el cuidado y mantenimiento de la población infantil.
· En las ETTs, en las empresas de limpieza, del sector textil o
de Telemárketing, en el campo, en tareas administrativas de todos los
tipos y colores... en la denominada economía informal; casi siempre con
menores salarios, en peores condiciones de contratación, con menores
posibilidades de promoción... siempre en precario.
Los y las jóvenes son otro gran grupo transversal, que atraviesa y vive
en la maraña de la precariedad. Los y las jóvenes, especialmente
quienes proceden de las clases trabajadoras, deben emprender su
autorealización económica, social y personal en una sociedad que se
precariza a todos los niveles. Su inherente transitoriedad y su
interclasismo hace siempre difícil dirigir mensajes directos a este
colectivo que el sistema social procura alienar con todos sus medios,
cuando no directamente marginalizar.
La precariedad es siempre la antesala de la exclusión social, incluso
cuando a veces se presenta como una forma de salir de ella. En los
espacios sociales de la exclusión y la marginación confluyen una
diversidad de sectores, minorías, y personas, en los que las mujeres,
los niños y niñas, los y las jóvenes y, cada vez más, también la
tercera edad, conforman un mapa de la pobreza y la marginalidad. La
consolidación en las mal llamadas sociedades avanzadas de grandes
bolsas de pobreza, hábilmente edulcoradas como algo "inevitable",
constituye un drama cotidiano para cientos de miles de personas y
familias. Valoramos las siguientes realidades a tener en cuenta:
· La prostitución, que también mayoritariamente tiene nombre de
mujer, representa un colectivo social en aumento, nutrido por
inmigrantes, por el control de las mafias de los clubes de alterne (que
ejercen una explotación en régimen de esclavitud en el caso de
inmigrantes indocumentadas), y cada vez con más saña está siendo objeto
de represión y aislamiento social.
· Y por último, pero no por fin, la precariedad se torna en
exclusión social y abandono, cuando nos acercamos a la dramática
realidad de la toxicomanía, de cualquier otra patología socialmente
denigrada... cruzándose todas las condiciones extremas en el mundo de
las cárceles, incluso cuando dentro de éstas presos y presas realizan
un trabajo asalariado.
Es decir, no estamos hablando de precariedad en el empleo, ni en el
acceso a un salario. Ni siquiera hablamos de precariedad en la
obtención de un ingreso monetario, sea vía mercado laboral (salario) o
vía prestaciones públicas (salario diferido). Proponemos una concepción
más amplia, que englobe al conjunto de necesidades y que, luego, pase a
ver por qué no se satisfacen o no es seguro que se puedan satisfacer.
La precariedad laboral en el empleo será una parte importante y nunca
desdeñable de esta idea amplia de precariedad, pero no será el todo.
Hablar en este sentido extenso puede ayudar mejor a entender fenómenos
de precariedad en la vida de personas y colectivos que se mantienen en
el umbral entre el reconocimiento -siempre deficiente- y la exclusión
social (inmigración, drogodependencia, prostitución, prisiones,
minorías culturales o étnicas, transeúntes sin recursos, etc.); más
allá, por lo tanto, de una idea estrecha relacionada con la falta o
inseguridad de un trabajo remunerado o de un sueldo.
Proponemos definir la precariedad como la desigualdad
institucionalizada en el reconocimiento, el acceso y el ejercicio de
derechos, lo que supone la imposibilidad real de disponer de un modo
sostenido de los recursos adecuados para satisfacer necesidades. La
precariedad, por lo tanto, indica siempre un déficit en derechos y
recursos.
Uno de los problemas que nos encontramos al analizar este déficit en
derechos y recursos, estriba en que los espacios socio-económicos de la
precariedad se ven atravesados por un tiempo que no se vive como
precario (inseguro, apurado, escaso, inestable) si no sólo
como "transitorio", como algo que tiene un tiempo de duración limitada.
No se "es" precario si no que se "está" en precario. La precariedad
confiere al precario/a su propio velo de alienación, el
desconocimiento de la precariedad permanente en que se encuentra es
síntoma de su propio auto-ocultamiento. Las precariedad, pues, se vive
generalmente como una situación transitoria, de iniciación al mundo
laboral "estable" o de complemento temporal a otras "labores" no
asalariadas: los estudios, el cuidado familiar (que no se reduce ni se
agota en el trabajo doméstico).
Por otro lado, el acceso a unos ingresos monetarios puede venir por más
vías que las meramente laborales. Se puede recibir dinero (un medio
para satisfacer necesidades, gracias a la compra de bienes y servicios
en los mercados, no lo olvidemos) de personas cercanas, sobre todo
familiares, o del estado. En el primer caso, la "dependencia" de los
ingresos que te proporcionan personas cercanas puede generar
situaciones de inseguridad, porque el que sigas o no recibiendo está en
función de que la relación se mantenga, o de que se mantenga en buenos
términos, o de que esas personas, a su vez, tengan alguna fuente de
ingresos. En prisiones, por ejemplo, la mayoría de las/os presas/os
reciben dinero de personas en libertad. Por otra parte, en lo que se
refiere a recibir ingresos del estado, hay que apuntar que las
incertidumbres que se viven en el empleo se reproducen a la hora de
recibir prestaciones públicas a causa de cómo funciona el llamado
estado del bienestar.
La precariedad además es dispersa, ambigua y cambiante: el que es
precario en la construcción o en el campo, lo es un mes en un sitio y
al mes siguiente en otro. no hay residencia fija, no hay territorios
permanentes donde la precariedad se asiente. La precariedad es
fragmentaria y polivalente: un tiempo "trabajo" en tareas
administrativas para una empresa, otro tiempo estoy parado, después
trabajo de camarero/a. La temporalidad en las actividades y la
inseguridad consiguiente dificulta sobremanera la intervención social,
de apoyo, denuncia y solidaridad. Pero esta des-ubicación espacial no
significa que no existan "cotos" específicos en los que la precariedad
se ha hecho fuerte. Hablamos por ejemplo de la precariedad tradicional
en sectores como el trabajo doméstico o el de los temporeros agrícolas,
o el de sectores más nuevos como el telemárketing, pero también de su
paulatina extensión al resto de empresas privadas y de la
administración pública (interinidad, becas...)
Pero además los recursos monetarios no son todos los recursos que
necesitamos. También necesitamos otros y, en el acceso a ellos, también
podemos vernos en situaciones precarias. Por ejemplo, un recurso es el
espacio. El no disponer de un espacio propio, o de la capacidad de
decisión sobre el espacio en el que vives, eso también es precariedad.
Como lo es el no disponer de tiempo para ti, o no poder decidir qué
hacer con tu tiempo. Otra serie de recursos son, por ejemplo, los
papeles que te otorgan residencia legal o ciudadanía. La falta de
papeles supone una inseguridad permanente, porque no puedes exigir
derechos, porque en cualquier momento puedes ser detenida/o... O porque
dependes de unas instituciones públicas que te tratan meramente
como "gasto contable" de prestaciones, o de personas particulares y de
su "buena voluntad" para que tu situación se "regularice" mediante un
permiso de residencia, un contrato de trabajo, etc.
Por otra parte, también se puede trabajar en precario en trabajos no
remunerados. Las personas trabajamos en muchas más cosas aparte de
aquellas por las que nos pagan. Hay un montón de trabajos gratuitos que
tenemos que realizar (trabajo comunitario, trabajo doméstico y de
cuidados...) y las condiciones en que tenemos que realizar estas
actividades también pueden ser de precariedad. Porque no da derecho a
un ingreso (sueldos o prestaciones públicas), porque la cantidad de
trabajo que tengas que realizar varía constantemente, no hay nada que
lo delimite, porque no genera reconocimiento social, no suele
valorarse...
En este sentido, otra necesidad fundamental es la de cuidados. Somos
personas interdependientes. A lo largo de nuestra vida, nos toca cuidar
(sobretodo, es a las mujeres a quienes toca hacerlo), pero también nos
vemos en situaciones en que necesitamos que nos cuiden. Nos puede
cuidar alguien pagado para ello, o una persona cercana. En el segundo
caso, las relaciones afectivas que se establecen, la cobertura de esa
faceta psicosocial de las necesidades es mucho más fuerte.
Estos son simples ejemplos de una visión más amplia de la precariedad
como inseguridad, incertidumbre en la disponibilidad de los recursos
que necesita una persona en sus ámbitos personales, económicos y
sociales. La otra cara de esta realidad es la exclusión social,
entendida al tiempo como violación de derechos fundamentales y como
supervivencia en niveles de pobreza, y de la que tratamos más adelante.
Por último, la precariedad puede verse como falta de autonomía
personal, como una forma de anulación psicológica o como la pérdida o
no seguridad en el control de tus procesos vitales. En este sentido,
podemos hablar de precariedad en la vida. Pongamos un ejemplo que puede
relacionarnos esta forma de precariedad con las anteriores. En el caso
de la prostitución, la precariedad viene por muchas vías. Viene por el
hecho de que ese trabajo no tiene cobertura legal (esos aspectos de
precariedad en el empleo que decíamos que se agudizaban cuando el
empleo era informal). Viene también por la ilegalidad, la falta de
papeles, de muchas de las trabajadoras del sexo. En estos dos aspectos,
la precariedad vital que genera es muy similar a la que viven las
mujeres inmigrantes trabajadoras domésticas. Pero ambas situaciones se
diferencian en un punto clave: el estigma que rodea el trabajo de las
prostitutas y que marca toda la vida de estas mujeres. Este estigma
tiene efectos directos sobre esa capacidad de autonomía, la autoestima
etc., es decir, incide directamente en esa forma de precariedad
relacionada con lo psicosocial
2. Precariedad en el empleo y precariedad en la vida
Acabamos de ver que existen muchas más formas de precariedad además de
la que se vive en el empleo. Pero también es cierto que las condiciones
de empleo son una parte crucial del conjunto de la precariedad, es
decir, que existe un nexo muy claro entre condiciones de empleo y
condiciones de vida. Lejos de tomar este nexo como indiscutible o
inevitable, aquí hemos intentado mostrar cómo el empleo no es lo único
que importa a la hora de explicar la precariedad en la que vivimos
instaladas/os. Ahora toca hablar de, a pesar de todo, por qué existe
ese nexo que hemos querido cuestionar.
El que las condiciones de empleo sean un elemento absolutamente
fundamental de las condiciones de vida es la consecuencia directa de
vivir en un sistema socioeconómico que se ha organizado con los
mercados capitalistas como epicentro. ¿Qué quiere decir esto? Decir que
nuestras sociedades se han organizado en torno a los mercados
(capitalistas) significa decir muchas cosas.
Significa decir que el trabajo remunerado, el empleo, es el único que
da derecho a reconocimiento social y a contraprestaciones. El empleo es
el elemento clave para que a una persona se le reconozca un cierto
status social, una condición de miembro activo, válido, de la sociedad.
El resto son las/os inactivas/os, con todas las connotaciones negativas
y de pasividad que este término tiene. Además, el empleo, actual o
pasado, es el único que da derecho a un ingreso. Es decir, tienes que
estar en el mercado de trabajo o haberlo estado por cierto tiempo para
poder recibir un ingreso monetario (en una sociedad donde tener dinero
es absolutamente indispensable para comprar toda una serie de
recursos). El resto de trabajos, comunitarios, de cuidados etc. (donde
las mujeres son las protagonistas indiscutibles) no conllevan ni
reconocimiento social, ni derecho a integrarse en el sistema como
consumidoras/es (nuestro "papel" fundamental).
El llamado estado del bienestar sacraliza esta estructura al funcionar
como un sistema contributivo. Es decir, tienes derecho a una serie de
prestaciones (jubilación, paro, la baja...), por un cierto tiempo y una
cierta cuantía según lo que hayas cotizado previamente a la Seguridad
Social. Si no tienes derecho a una prestación contributiva, es decir, a
un ingreso monetario fijo y suficiente por "méritos propios", pasas a
depender, bien de que tu familia te ayude monetariamente, bien de que
el estado te conceda una ayuda social (prestaciones no contributivas) o
una prestación por causa de tus relaciones familiares con alguien que
sí haya contribuido (prestaciones derivadas como, por ejemplo, la de
viudedad). Si dependes de tu familia, aparecen situaciones de
precariedad ya comentadas. Por otra parte, las prestaciones no
contributivas tienen unas condiciones pésimas, todas ellas están bajo
el umbral de la pobreza y, además, conllevan una enorme injerencia del
estado, un fuerte control de tu vida (es decir, pérdida de autonomía
personal). Las diferentes formas de precariedad se unen. En el caso de
las derivadas, hay que decir que éstas son menores en cantidad y
calidad que las contributivas directas (las que obtienes tú por tu
propio empleo) y que, además, conllevan que dependas de que tu relación
con la persona que te da derechos se mantenga; pierdes, por tanto,
control sobre tus relaciones íntimas.
¿Qué quiere decir todo esto? Quiere decir que el estado considera que
la responsabilidad de "ganarse la vida" es una responsabilidad de cada
persona mediante su trabajo remunerado. Y, si no, de la familia de esa
persona. Y sólo en el caso de que ambas cosas fallen (ni tengas tú o
hayas tenido un empleo, ni tu familia pueda ayudarte), aparece el
estado para evitar (cuando lo evita) las situaciones de pobreza más
extremas. No existe una responsabilidad social en el sostenimiento de
la vida. Cada persona es responsable de sí misma, cada familia es
responsable de sus miembros (y, dentro de las familias las responsables
finales son las mujeres) y en todos los casos hay que pasar por el
mercado. No existe responsabilidad social en la reproducción.
Sin embargo, los mercados dependen de que existan toda una serie de
trabajos que no se pagan y que no se reconocen. A la par que a los
mercados no se les exige que se involucren, que se responsabilicen de
la sostenibilidad de la vida, de la satisfacción de necesidades del
conjunto de la población, estos mercados se están aprovechando de los
millones de horas que la población trabaja gratuitamente. La
dependencia de los mercados de los trabajos no remunerados se
invisibiliza y aparecen como los únicos que satisfacen necesidades: la
sociedad ha puesto a los mercados en el centro de atención y no es
capaz de ver más allá, ni tampoco de exigir responsabilidades. Hay un
trasvase constante de recursos del conjunto de la sociedad a los
mercados y de los grupos sociales con posiciones más desfavorables en
los mercados a los grupos sociales con más poder.
Decir que los mercados son el epicentro de nuestra organización social
y económica quiere decir que la lógica que guía a los mercados (una
lógica de la acumulación, del beneficio) es la que guía a toda la
sociedad. En vez de que sea una lógica de sostenibilidad de la vida, de
satisfacción de necesidades la que guíe la organización social, es el
objetivo de acumulación el que establece cómo tienen que estructurarse
los tiempos, los espacios,... el qué, cómo y cuánto producir. El
mantenimiento de la vida (garantizado, en última instancia, por los
trabajos no remunerados) queda en un segundo plano y condicionado a que
se cumpla el objetivo prioritario de acumulación de capital. Se crea
así una tensión insostenible: entre el objetivo de los beneficios y el
objetivo de satisfacer necesidades, mantener la vida. En una sociedad
que prioriza lo primero, la vida estará siempre en el límite.
La fase actual del capitalismo necesita la precariedad como una
condición estructural. Por lo tanto, no es posible eliminar la
precariedad dentro del sistema en que vivimos. Mientras no se cambie la
lógica que rige todo el funcionamiento, mientras no se priorice la
sostenibilidad de la vida, la precariedad seguirá siendo elemento
inevitable de nuestras vidas.
En este sentido, es necesario decir que, si bien la precariedad laboral
se está extendiendo hoy rápidamente, la precariedad en sentido más
amplio ha existido siempre para los colectivos insertados
desfavorablemente en el mercado de trabajo (en gran medida, mujeres). Y
la precariedad laboral era ya característica del empleo femenino. Es
decir, la extensión de la precariedad de hoy se inserta en un proceso
de feminización del trabajo, en el cual las condiciones laborales
(trabajo remunerado y no remunerado) que históricamente han vivido las
mujeres se están extendiendo al conjunto de empleos masculinos. No es
un fenómeno nuevo, aunque sí lo sea la gravedad con la que afecta al
colectivo masculino.
Por lo tanto, la precariedad y la tensión entre los objetivos de
sostener la vida y acumular capital han existido siempre en el actual
sistema (donde las mujeres tenían una posición especialmente precaria e
insegura). Luchar contra la precariedad no es sólo luchar por mejores
legislaciones en el mercado de trabajo o por mayores prestaciones
sociales, es luchar contra la lógica profunda y oculta que rige
nuestras vidas.
3. ¿De la precariedad a la exclusión?
La exclusión es un mecanismo socio-político del sistema capitalista,
por lo tanto, hay que pensar en los contextos, situaciones y redes
sociales (formales e informales) en donde se producen fenómenos de
exclusión hacia personas o colectivos determinados.
La exclusión se construye social e institucionalmente, es
subjetivamente interiorizada y nunca es deseada por nadie. Su carácter
no deseado va de la mano de ser "vendido" como frontera que todos y
todas podemos en algún momento franquear. Es el miedo a entrar en la
exclusión lo que hace que los sujetos de las clases trabajadoras no
articulen respuestas, ni individual ni colectivamente, a las agresiones
constantes a su derechos socio-laborales y a su dignidad. Entrar en la
exclusión se vive y se "desvive" como una "caída", retomando la vieja
imagen judeocristiana.
Son las redes sociales (institucionales, normativas, culturales,
informales) en las que cada cual tiene su vida -y en el mejor de los
casos, se construye su propia vida- las que conforman la "sociedad
civil" de la mayoría no excluida. Estas redes nos abrigan, nos
protegen, nos identifican, nos posibilitan el mutuo reconocimiento de
derechos y deberes, interiorizados como compartidos. Pues bien, cuando
estas redes, por avatares de diversa índole, se desarticulan, se
desestructuran o simplemente se pierden sin ser sustituidas por otras
de similares características, se empieza a traspasar la frontera y se
entra en el mundo de la exclusión.
Dentro de las redes, institucionalmente admitidas, estamos reconocidos
socialmente como individuos dotados de derechos, y esto es
precisamente lo que perdemos cuando nos vemos abocados a traspasar el
muro que nos coloca al otro lado de las mismas: ese otro lado es la
exclusión. La exclusión supone ante todo estar excluido del ámbito
social de los derechos reconocidos, lo que normalmente va asociado a la
exclusión de la riqueza.
La sociedad contemporánea y el estado de derecho que la constituye
políticamente reconoce a su miembros una serie o conjuntos de derechos
(individuales y sociales), la mayoría de los cuales son el resultado de
luchas históricas de las clases populares. Este reconocimiento,
generalmente más formal que real, frecuentemente se ve sometido a
reglamentaciones que delimitan el acceso al derecho en cuestión, y este
acceso es el que, en última instancia, posibilita el ejercicio
individual del mismo. Finalmente, el ejercicio de los derechos suele
ser una cuestión de la decisión individual de quien tiene algún interés
en ejercerlo y/o ejercitarlo. Estas tres dimensiones jurídico-políticas
que competen a los derechos están inclusivamente concatenadas, es
decir: sólo puede ejercer y/o ejercitar un derecho aquel que tiene
posibilidades de acceder efectivamente al mismo y a sus concreciones
reglamentadas, y sólo tiene acceso a los derechos aquel que los tiene
social e institucionalmente reconocidos.
Pues bien, en el mundo de los y las excluidas estas tres dimensiones
están igualmente encadenadas, pero en el sentido inverso, de
disminución progresiva de las posibilidades en el ejercicio real de los
derechos. Las exclusión implica siempre una disminución o pérdida de
reconocimiento de derechos: si algún derecho es reconocido formalmente,
el sistema impone trabas y múltiples impedimentos para que quien padece
la exclusión tenga realmente acceso a los mismos; si de manera efectiva
cierto sector de excluidos tiene acceso al ejercicio de alguno de los
derechos, apenas suelen ejercitarse o ejercerse, bien por
desconocimiento, rechazo o por las consecuencias ulteriores que
pudiesen tener (como sería la situación de empadronamiento de los
indocumentados).
Por lo tanto, la exclusión implica un recorte real de derechos, bien
porque no son reconocidos, bien por las dificultades de acceder a
ellos, bien por no hacer uso real de los mismos.
No obstante, precariedad y exclusión no forman compartimentos estancos,
más bien constituyen dos punto de una línea continua en la degradación
de las condiciones de vida, según se pueda o no actuar dentro de la
lógica del mercado. La precariedad conlleva casi siempre una ciertas
dosis de exclusión en el acceso o en el ejercicio real de los derechos.
Toda situación de precariedad tiene en el miedo a la exclusión su
posibilidad de existir y, sin embargo, es en muchos casos la antesala
de la exclusión.
4. Luchar contra la precariedad, luchar por la sostenibilidad de
la vida
Contestar a la pregunta que se plantea en el título de este
texto, "¿cómo enfrentarnos a la precariedad y la exclusión?" no parece
tarea sencilla, a la luz del análisis planteado. Sin embargo, son dos
los ejes interrelacionados que se repiten al hablar de precariedad y
exclusión social: reconocimiento, acceso y ejercicio de derechos, por
un lado, y acceso a recursos para la satisfacción de necesidades, por
otro. Ambos ejes implican acercarse al mismo problema desde dos
perspectivas complementarias, por cuanto no podemos pensar en
satisfacer necesidades sin pensar al tiempo en qué derechos estamos
demandando. En última instancia, los derechos expresan, definen y
priorizan las necesidades a satisfacer. Las necesidades a satisfacer
sólo pueden concretarse en derechos a demandar. Por ello, parece
fundamenta identificar en cada caso cuáles son las necesidades que en
términos de justicia social y dignidad personal deben ser satisfechas.
Ejercicio por otro lado nada simplista y no exento de riesgos.
El enfoque que adoptamos inicialmente, aunque no se enmarca en ninguna
corriente teórica construida e identificable, sí incorpora muchas ideas
de lo que podemos denominar sociología de las necesidades humanas. No
ignoramos que cualquier enfoque propuesto es ineludiblemente parcial,
pero un enfoque centrado en las necesidades humanas parece ser ante
todo un enfoque abierto, por cuanto se va construyendo a medida que lo
utilizamos. Y puede sernos útil en la medida que nos ayuda a pensar
tanto en la globalidad del problema como en sus consecuencias
concretas, y a pequeña escala.
Habitualmente, mencionar la palabra necesidades nos lleva a hablar,
estrictamente, de necesidades económicas o tangibles (comida, vivienda,
abrigo, transporte...) y también suele traernos unas ciertas
connotaciones miserabilistas, como si estuviéramos dando un discurso
asistencial constreñido a pedir necesidades de supervivencia para
los "millones de pobres del planeta". Sin embargo, estos presupuestos
nos ayudan muy poco o más bien nada en la lucha política o en un
cuestionamiento global del sistema económico y social en que vivimos.
Podemos decir que la característica definitoria de este enfoque es su
intención de poner en el centro del análisis los procesos de
satisfacción de necesidades. Es decir, en lugar de tomar como eje del
estudio y de la comprensión de la realidad a los mercados, o el empleo,
o el funcionamiento de la economía monetizada, se plantea enfocar la
mirada hacia la forma en que la sociedad se organiza para garantizar la
sostenibilidad de la vida, es decir, para satisfacer las necesidades de
la gente. Creemos que las ventajas de este cambio son varias. Recupera
todos los procesos de trabajo y permite analizar cómo se estructuran
los tiempos de vida y de trabajos de los distintos sectores de la
población. Pone de relieve relaciones de poder que permanecen
habitualmente invisibilizadas. Nombra a quienes asumen la
responsabilidad en el cuidado de la vida y pone de manifiesto cuáles
son los intereses prioritarios de nuestra sociedad.
Si no centramos la atención en los mercados (incluyendo el mercado de
trabajo), tampoco hemos de hacerlo en la relación de las personas con
el empleo y cómo dicha relación se está modificando/precarizando.
Partiendo de un enfoque más general, llegaremos, claro está, a
constatar que existe un estrecho vínculo entre precariedad y empleo,
pero además veremos el porqué de este vínculo (es decir, su no
inevitabilidad) así como otros factores que también están en juego y
son fundamentales, aunque invisibles. Constatar que existe un claro
vínculo entre satisfacción de necesidades y trabajo remunerado no debe
llevarnos a analizar sólo esos trabajos, sino a preguntarnos el porqué
del nexo y si existen más factores claves que no sean tan fácilmente
reconocibles.
En primer lugar, hemos de atender a la faceta multidimensional de las
necesidades, evitando esa asociación directa entre necesidad y recursos
tangibles (reducibles casi siempre a su nivel meramente económico).
Efectivamente, existen necesidades tangibles (que podemos ver de forma
más o menos amplia: desde tener agua potable hasta poder permitirte los
cigarros diarios que quieras/necesites). Pero hay una dimensión
intangible, básicamente psicosocial, de las necesidades que, muy a
menudo, permanece en el limbo de lo invisible. Estas necesidades
psicosociales hacen referencia a: los afectos, las relaciones sociales,
la libertad, la autonomía personal, la identificación cultural... Y,
sin embargo, las dos dimensiones no son escindibles, no pueden
comprenderse por separado. Por ejemplo, queremos tener un empleo para
tener un ingreso, pero no queremos que sea un empleo alienante. O
necesitamos una vivienda, pero también poder escoger dónde, con quiénes
compartirla y en qué condiciones. O, en caso de enfermedad, necesitamos
medicinas, pero también a alguien que nos cuide y nos apoye.
Por otra parte, las necesidades tienen un componente relacional
central. Es decir, más allá de la mínima supervivencia, no pueden
definirse en abstracto, sino en relación con una sociedad dada, con un
momento dado, y con un colectivo dado. En cada sociedad, y en cada
momento, pueden considerarse como necesarias cosas totalmente
distintas: la necesidad de tener luz eléctrica no es universal ni
ahistórica, y tampoco lo es la necesidad de "formar una familia".
Además, en su construcción entran en juego diversos sistemas de poder.
El caso más comentado es el del capitalismo a través de la publicidad.
El capitalismo tiene que originar constantemente nuevas necesidades en
las/os consumidoras/es para mantenerse en funcionamiento. Pero también
otros sistemas crean necesidades. Por ejemplo, el patriarcado hace que
la sexualidad (y, por tanto, las necesidades sexuales) se perciban de
forma diferente por mujeres y hombres, o la necesidad de cuidarse el
cuerpo, o el que los hombres necesiten un empleo, mientras que durante
largo tiempo las mujeres no se sentían frustradas por no tenerlo.
También las clases, los niveles de educación, la cultura o religión de
que se provenga... todos estos aspectos demarcan lo que se entiende por
necesario.
¿Cuáles son -algunos- de los elementos cruciales a tener en cuenta en
este enfoque? Enumeremos varios:
· Qué entendemos por necesidades
· Desde dónde se satisfacen las necesidades
· Desde dónde se gestiona la satisfacción de necesidades
· Qué impide o dificulta la satisfacción de necesidades
· Qué relaciones de poder se (re)crean a lo largo de todo el
proceso
Nos planteamos que intentar respondernos paulatinamente a estas
preguntas al estudiar, tratar o analizar las distintas realidades de la
precariedad nos permitirá hacer un diagnóstico suficientemente amplio
para pensar en términos de nuestras posibilidades y límites de
organización e intervención. Y este aspecto es el que pensamos debemos,
poco a poco y entre todos y todas, ir desentrañando si efectivamente
buscamos construir un mundo más justo y solidario.
CGT ha desarrollado hasta el momento como mínimo tres modelos básicos
de intervención en la precariedad:
Un modelo de intervención sindical, relativamente exitoso. por ejemplo,
el de telemárketing. Hay que tener en cuenta que en este subsector de
las Telecomunicaciones se viene dando una precariedad laboral
concentrada en empresas definidas, con un número importante de
trabajadores/as y en espacios permanentes y delimitados. Es el modelo
clásico de intervención sindical adaptado a empresas basadas en el
trabajo precario, pero sostenido en el tiempo y en el espacio.
En CGT, junto con otras organizaciones sociales, se ha desarrollado
otro modelo de intervención que medianamente ha funcionado, al menos
por su repercusión mediática. es la autoorganización de los colectivos
de inmigrantes, urbanos en Barcelona y Valencia, de trabajo rural en
Huelva, Almería, Sevilla. con enormes dosis de confluencia entre
colectivos sociales, sindicales y de solidaridad. Con la reivindicación
política de derechos y papeles para todos y todas, pero siempre con la
base de la búsqueda de un trabajo estable y seguro. Este modelo,
altamente específico, y duramente reprimido, ha tenido resultados muy
desiguales,
Un tercer modelo, claramente poco elaborado y de escasos resultados, ha
sido la autoorganización de los/as parados/as. Este fue un modelo que
tuvo cierta repercusión a pequeña escala en un principio, y que se
mantuvo al calor de las Marchas Europeas contra el paro y la exclusión
social, pero a penas ha podido consolidarse ni organizativamente ni en
la tensión de sus luchas en el tiempo.
Estos modelos de intervención, tienen en común un cierto agotamiento y,
sobre todo, no son adaptables a otros ámbitos permanentemente
desestructurados de la precariedad: construcción, servicio doméstico,
ETTs, variabilidad laboral, funcional y geográfica, etc. Y mucho menos,
parecen ser los idóneos para afrontar el amplio espectro de la
precariedad de la vida, o de la exclusión social. Por eso sigue en pie,
y esta debe de ser una de la tareas prioritarias de nuestra
organización, la pregunta: ¿Cómo intervenir sindical y socialmente para
luchar contra la precariedad, si ésta es cambiante, transitoria y
dispersa, en tiempo, espacio, sector productivo y colectivos sociales
implicados?
Ante esto debemos marcamos como prioritario abrir un debate en torno a
las posibles estrategias de intervención para el desarrollo de redes de
solidaridad, apoyo mutuo y lucha en el ámbito de la precariedad.
Partimos de la base de que el anarcosindicalismo y el sindicalismo
revolucionario deben siempre adaptarse a las condiciones de producción
de cada momento. Frente a las condiciones de vida de los y las
asalariadas, y de aquellos que se ven al margen del mercado laboral, el
sindicalismo crítico y combativo debe ser capaz de dar respuestas
adecuadas, factibles y de largo alcance, a la precariedad. El
sindicalismo alternativo debe armarse teórica y prácticamente, tanto en
sus enfoques de comprender y analizar la problemática de la
precariedad, como en los modelos de autoorganización de los y las
implicadas, de intervención y lucha.
Todo ello debería servirnos para cambiar dinámicas de trabajo y acción
por parte de la organización; para abrir de una forma real y visible el
sindicato a los problemas derivados de esa progresiva precarización
social y laboral que estamos sufriendo; y sobre todo para abrir el
sindicato a las principales víctimas de esta precarización: jóvenes,
mujeres, inmigrantes,.., manteniendo y actualizando el auténtico
sentido de la palabra solidaridad.
Estos objetivos, aunque ambiciosos, se imponen por la fuerza de los
hechos, y los consideramos como horizonte de la razón de ser de nuestro
quehacer como organización.
La lucha contra la precariedad y la exclusión pasa necesariamente por
reivindicar - o incluso reinventar - los derechos y la disponibilidad
de recursos para hacer factible la sostenibilidad de la vida, desde la
defensa de las necesidades que en cada caso consideramos justo
satisfacer en pro de la dignidad humana. Frente a la precariedad y a la
exclusión debemos proponer una defensa de las condiciones económico y
psicosociales que hacen posible la dignidad de personas y colectivos.
Frente a la fragmentación en el empleo, debemos asumir que las
necesidades a satisfacer van más allá de la remuneración recibida.
Frente al desigual reparto de la riqueza tenemos que exigir la
conversión y ampliación de los servicios sociales en derechos sociales
universales. Frente a las múltiples precariedades femenina, juvenil,
inmigrante,.... tenemos que sindicalizar y politizar (es decir,
convertir en demandas sindicales y políticas) la satisfacción de
aquellas necesidades que hagan que mujeres, jóvenes, inmigrantes...
sean plenamente sujetos dotados de derechos iguales. Esta es la tarea,
los planes de acción a concretar, y a ella estamos moralmente
comprometidos. Y en esta tarea este documento espera contribuir al
menos a la comprensión compleja de la realidad a la que nos enfrentamos.