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Precarias a la Deriva

Submitted by t on Qui, 03/05/2007 - 17:18.

http://www.sindominio.net/karakola/precarias/segundafase.htm

ENCUENTROS EN LA SEGUNDA FASE.
EL CONTINUO DE LA COMUNICACIÓN: CUIDADO-SEXO-ATENCION

Ya, desde el famoso 11s

Ya, en una guerra global permanente

Yo, que vivo en guerra cotidianamente

Yo, salgo a las calles y digo que ¡NO!

(A la huelga en do mayor, música de «yo te amo con la fuerza de los mares»)

PUNTO DE PARTIDA

En los meses que siguieron al «Grand Chow», diciembre de 2002, comenzamos a dar forma a lo que todas concebimos como una segunda fase de nuestra exploración en torno al trabajo precario femenino. Algunas compañeras se desplazaron a otros lugares y dejaron de compartir el cotidiano de Precarias desde Madrid, otras se fueron vinculando y proponiéndo iniciativas puntuales: la publicación de un texto en un libro o en una web, la participación en unas jornadas, la colaboración en un video, el acompañamiento en un proceso organizativo o en una movilización, etc[1]. Todo esto está dando lugar a un modo de cooperación en red que no pasa tanto por la pertenencia, en este caso al grupo de Precarias, cuanto por la apertura de un terreno de comunicación y acción fluido, en ocasiones, excesivamente difuso que en adelante esperamos se convierta en una herramienta para construir un nuevo espacio de agregación: el Laboratorio de las Trabajadoras.

Nuestras idas y venidas habían iluminado ya una serie de problemas, tanto en el plano teórico –el concepto de precariedad sin ir más lejos– y metodológico –¿cómo acercarnos? ¿cómo, estando a veces tan cerca y a veces tan lejos?– como en el modo de generar conflictos en entornos invisibles, frágiles, privados... o en entornos más o menos codificados, como el que se abrió en Madrid al calor de las movilizaciones (también laborales) durante la invasión de Iraq… o en entornos difusos como el área comercial, los almacenes, el transporte público, etc. Contábamos con testimonios importantes, muchos de ellos registrados y transcritos y habíamos generado una serie de útiles, modestos eso sí, como el piquete-encuesta, la lista de Precarias, los relatos de campo y, en general, una práctica minuciosa de registro dirigida a materializar y preservar nuestras reflexiones y nuestros recorridos. El conocimiento experimental/experiencial que propugnamos por medio de las derivas nos había puesto sobre la pista y había permitido expandir el punto de mira de un modo casi vertiginoso. Por otro lado, la concreción de la red de relaciones que se había abierto con el proyecto de las derivas y la invitación a la huelga, el proto-Laboratorio de Trabajadoras, seguía en ciernes, así como muchos de los enunciados, consignas e hipótesis que queríamos producir a partir de estas incursiones. Algunas derivas importantes, en particular la de producción mediática y la de trabajo sexual no llegaron a realizarse por motivos diversos y, desde luego, no queríamos dejarlas en suspenso.

En enero de 2003 participamos en las jornadas Pensar en Precario, organizadas por CGT, y volvimos a coincidir con otras personas y colectivos que como nosotras llevan tiempo dándole vueltas a esta cuestión de cómo pensar y organizar lo que algunos han dado en llamar el precariado o precariado social[2].

Diseñamos entonces lo que sería esta segunda fase y hablamos de dar continuidad a este proyecto por tres vías diferentes (pero no desligadas): (1) un segundo ciclo de derivas, (2) una serie de talleres de reflexión colectiva abiertos a más gente y (3) algunas intervenciones que nos permitieran indagar en las formas posibles del conflicto.

De algún modo, las derivas se habían revelado como un contacto apasionante, una forma de contagio y reflexión a la que no queríamos renunciar, un método que además aún no había dado todos sus frutos. Un método infinito dada la singularidad intrínseca de cada recorrido y su capacidad para abrir y enrarecer los lugares[3]. Los talleres eran una apuesta por un encuentro más pausado, también un modo de afianzar las relaciones que ibamos trabando y una llamada al delirio colectivo, eso sí, planificado. Los talleres, de algún modo, nacían de contactos o necesidades que habían surgido en el curso de las derivas: ¿por qué en femenino? o ¿qué gira en torno a la denominada crisis de los cuidados? Algunos pasaron sin pena ni gloria, otros, en particular el Taller de Cuidados Globalizados, se consolidaron y nos han permitido profundizar en un campo tan complejo como es el de las condiciones en las que hoy se desarrolla la reproducción a escala global. Por último, el espinoso asunto del conflicto, plagado más de intuiciones que de otra cosa, permanecía ahí, irreverente, haciéndonos un guiño desde la esquina. La infiltración, el espionaje (¿industrial?), el transvestismo, la revelión de las máquinas, la etiquetación defectuosa[4] y, claro, el reclaim o el dispositivo movil de encuestación especialmente diseñado para dar al traste con una movilización clásica se revelaban como pálidas tentativas de lo posible.

La cosa, evidentemente, se ha ido complicando por el camino y hemos acabado involucradas en un acompañamiento a las salidas que realiza Hetaira en el centro de Madrid y la Casa de Campo, en una serie de autoentrevistas y diálogos con compañeras con las que nos hemos ido encontrando y, por encima de todo, en una iniciativa editorial y audiovisual que ha centrado nuestros esfuerzos durante los últimos meses de 2003 y que hoy se plasma parcialmente en este artilugio que tienes entre las manos. ¡Qué aproveche!

DERIVAS Y ALGO MAS… EL EMBROLLO DEL TRABAJO SEXUAL

¿UNA VEZ MAS?

Las derivas, tal y como explicábamos en «Primeros balbuceos», no se limitan al recorrido guiado por el transcurso de una experiencia de precariedad. No son ni mero deambular, ni actividad planificada. De modo que cuando nos propusimos acercarnos al trabajo sexual teníamos muy claro que no podíamos reproducir el rol de «mironas», como nos decía una prostituta en la Casa de Campo, ni tan siquiera el de simples simpatizantes. Por eso salimos pensando, más que en ningún otro encuentro, en un intercambio que fuera más allá de la futura deriva de trabajo sexual. De momento el intercambio se ha plasmado en nuestra participación en algunas actividades de Hetaira[5] que nos han permitido acercarnos a la prostitución de calle, tan desconocida para nosotras, y establecer un vínculo donde no lo había. Esperamos que éste se vaya estrechando y de paso una forma de cooperación que contribuya a conectar este sector del trabajo femenino tan estigmatizado y acosado con otras realidades precarias con las que, en ocasiones, puede incluso llegar a solaparse.

Pero antes, ¿cabe preguntar por primera o última vez por qué el trabajo sexual? Sabemos de primera o segunda mano de las polémicas que giran en torno a la prostitución. Las internas al movimiento feministas[6] y las que surgen habitualmente en los discursos públicos, por ejemplo, en los medios de comunicación, tan proclives al prohibicionismo. El debate entre abolicionistas y defensoras de los derechos de las trabajadoras sexuales que, para las que no lo sepan ha costado grandes peleas, escisiones y mucha mala baba, parece estar en un punto muerto y no vamos a ser nosotras las que lo reproduzcamos aquí. Algunas activistas y estudiosas que están trabajando en este campo, putas o no, afirman estar hartas de pelear contra unas posiciones excesivamente estrechas, deterministas y victimizadoras, y sentirse solas ante la renovada ola criminalización que se nos viene encima y que golpea, en primer término, a los sectores tradicionalmente más perseguidos y marginalizados de la sociedad. La piedra de toque siguen siendo los derechos de las trabajadoras o, dicho de otro modo, la consideración de esta actividad como trabajo y, por consiguiente, como generadora de una serie de derechos (hoy en curso de ser desmantelados en casi todos los sectores laborales) equiparables a los que se desprenden de otros trabajos, y no como violencia o esclavitud sexual, como algo sobre lo que ninguna mujer puede tener pleno poder de decisión o epítome de la dominación patriarcal y capitalista[7].

Esta última posición ha sido tradicionalmente defendida, con distintos matices, tanto por las feministas burguesas como por las socialistas, para las que la prostitución era equiparable a otros contratos desiguales que, como el matrimonio, debían ser abolidos, y cuya abolición quedaba supeditada a la revolución socialista. Mientras muchas mujeres afirman su derecho a prostituirse y ser consideradas «como el resto de los trabajadores» –horizonte ya de por sí borroso y cambiante–, los argumentos que tratan de inscribir la prostitución (junto a otros hechos sociales) en el orden patriarcal pierden centralidad en el seno de una polémica estancada[8].

Lo que introduce la consideración pública del trabajo sexual es un argumento de tipo moral. La prostitución, se dice, atenta contra la dignidad de las mujeres convirtiéndo sus cuerpos en objeto de comercio (y violencia)[9]. Sin embargo, cuando la actividad es consentida nos hallamos ante un delito sin víctima que no se sabe muy bien a quién protege… ¿a la sociedad?, ¿a la moral pública? Cualquier consideración del punto de vista de las profesionales queda, desde esta perspectiva, fuera de juego y quienes afirman proteger acaban victimizando.

Por otro lado, el pragmatismo que domina el discurso regulacionista –del que participan de modo diverso las prostitutas, los empresarios de locales y algunas organizaciones feministas– se limita a considerar la gestión de esta actividad, algo que las feministas aliadas de las prostitutas vinculaban hace unos años a un debate más amplio al que se sumaban otras cuestiones que poco a poco han pasado a un segundo plano. Entre ellas estaban los sentidos y las prácticas sexuales, su transformación histórica y su contribución estratégica al género. Esto, que se podía pensar muy bien desde la prostitución y las prostitutas, no sólo concernía a las mujeres directamente implicadas, que ya es mucho, sino a todas. Los derechos de las prostitutas –la invención de nuevos derechos–, que como sucede también con los derechos de las trabajadoras domésticas, han permanecido al margen de la legalidad y, consecuentemente, de la regulación estatal[10], y su visibilidad como sujetos han de situarse en el centro del debate. Pero es que además, la prostitución o, mejor, el trabajo sexual es un lugar privilegiado para hablar del valor y de las dimensiones cambiantes del sexo en la sociedad patriarcal.

Lo cierto es que hoy por hoy, el trabajo sexual constituye una estrategia para lograr ingresos (superiores a los que se obtienen en otras actividades), que muchas mujeres lo eligen entre opciones casi siempre malas y limitadas (sobretodo en el caso de las inmigrantes) y que lo único que han logrado las propuestas prohibicionistas o redentoras es socavar la oportunidad de generar una posición de fuerza de las mujeres que realizan estos servicios, sometiéndolas a una presión extra y contribuyendo a su estigmatización y a la invisibilidad. Los controles sanitarios especiales y policiales forzados, la segregación en áreas concretas de la ciudad y la implantación de distintos niveles de tolerancia, el registro obligatorio, la penalización de proxenetas y clientes o las multas por el ejercicio en la calle acrecientan este efecto.

Cuando han tenido ocasión de hablar, muchas prostitutas han afirmado su capacidad de elección o al menos su capacidad de buscarse la vida del modo mejor para ellas dadas las circunstancias, y coinciden en que lo peor no es la supuesta indignidad del intercambio sexual, para el que han desarrollado mecanismos adecuados de implicación (tan adecuados que, como observa Pateman, molestan profundamente a los hombres que aspiran a obtener sexo «de verdad»), sino precisamente las condiciones bajo las que lo realizan y el modo en el que son tratadas por ello. Esto, como apuntan los testimonios de Mary-Loly, no es nuevo:

«Muchas veces he podido dejarlo y nunca me he decidido. ¿Por qué? Pues porque creo que después de tantos años de moverte con toda libertad, de hacer lo que te da la gana, de tener dinero en el bolsillo con cierta facilidad, resulta bastante penoso meterte a trabajar con un horario fijo, con un patrón que te explota y un sueldo que nunca te sierve para llegar a fin de mes decorosamente. Lo he visto también en algunas mujeres casadas que recurren a hacer algunos para sacar algo del dinero que el marido no trae a casa». (J.R. Saiz Viadero Conversaciones con la Mary-Loly. Cuarenta años de prostitución en España. Barcelona, Ediciones 29, 1976.

En definitiva y tal y como explica Cristina Garaizabal, «si no tenemos en cuenta las decisiones que toman las prostitutas, si las victimizamos pensando que siempre ejercen de manera obligada y forzada; si consideramos que son personas sin capacidad de decisión... todo ello implica no romper con la idea patriarcal de que las mujeres somos seres débiles e indefensos, necesitados de protección y tutelaje»[11].

CIRCUITOS ALTERNATIVOS

En cualquier caso y a pesar del estado de la cuestión en el feminismo, lo cierto es que el escenario en el que se debate el trabajo sexual se está modificando rápida y profundamente, y que esto debería provocar una reapertura del diálogo en otros términos. He aquí algunos elementos para el mismo.

El consumo de los bienes y servicios de carácter sexual ha aumentado y se ha diversificado[12]. Por otro lado, va siendo progresivamente aceptado también por parte de las mujeres. Tal y como insisten las profesionales, el mundo de la industria del sexo es muy diverso y en estos momentos es difícil generalizar. Los lugares, los servicios, el régimen y las condiciones de trabajo, etc. varían y dependen, como en otras actividades, de la situación (de papeles, raza, lugar de origen, sexo, edad, situación familiar, etc.) de quienes lo realizan.

Otro hecho significativo es que las prostitutas españolas y de Europa Occidental en general están siendo sustituídas progresivamente por inmigrantes de países del Este, Latinoamérica y el Caribe, el Sudeste asiático y el Africa subsahariana. El trabajo sexual es una estrategía femenina de supervivencia indisociablemente unida a las migraciones actuales y a otras salidas que como el matrimonio o el turismo sexual dan forma a los nuevos circuitos de la globalización[13]. El trabajo sexual es un trabajo flexible que podría, en algunos casos puede, desarrollarse de un modo más autónomo, desregulado e intermitente. En este sentido, constituye una oportunidad para muchas personas que ven restringidas desde el Estado (leyes de extranjería) y desde el mercado laboral sus posibilidades para acceder a recursos e ingresos dignos. No obstante, esta misma condición flexible y alegal contribuye a profundizar, además del estigma, la precariedad que pesa sobre este trabajo.

Existe una interacción restrictiva entre las leyes de extranjería y el trabajo sexual que tiene el efecto de bloquear las posibilidades de regularización y favorecer aún más las extornsiones y presiones de todo tipo, incluidas las que atentan contra la libertad sexual y la liberdad de movimientos, que pesan sobre las migrantes en el trabajo sexual.

Se ha incrementado la trata de personas para la actividad sexual, algo que sucede en contra de la voluntad de las mujeres acudiendo a la extorsión y a la violencia y que, querámoslo o no, cohabita en muchos contextos con el libre ejercicio[14]. Es preciso, en este punto, afinar la distinción entre: (1) trabajo coaccionado (esclavo), (2) trabajo embridado por deudas (semiesclavo), (3) trabajo asalariado (sin deudas relacionadas con la migración) y (4) trabajo «autónomo» (sujeto en mayor medida a la propia organización de los tiempos, actividades, espacios, etc.). Somos conscientes de que estas categorías o regímenes precisan de un desarrollo que, a su vez, resulta tremendamente controvertido[15].

Otro elemento importante es la incipiente organización de las prostitutas en España, derivada del hecho de que muchas de ellas, latinoamericanas, proceden de países en los que existen sindicatos de las trabajadoras del amor, como allí se denominan. Se ha producido, así mismo, una incipiente organización de los propietarios de locales, movida seguramente por el descenso de sus beneficios ante la competencia de la calle.

DE SALIDAS Y DERIVAS

Con algunas de estas reflexiones y transformaciones en mente iniciamos nuestro acercamiento al trabajo sexual. Nos sumamos durante el verano de 2003 a las salidas de Hetaira por la Casa de Campo y la zona centro[16], apoyamos alguna de sus movilizaciones e ideamos una serie de entrevistas y una primera deriva realizada a primeros de novimebre que nos ayudaran a abrir el campo del trabajo sexual –telefonía erótica, peep shows, casas de citas, etc.–, y fueran una modesta contribución a la labor que Hetaira realiza desde hace años en relación a la prostitución de calle.

Con respecto a estas salidas hay que decir que tienen lugar en un momento especialmente difícil alentado por las protestas vecinales, por el clima securitario que anima la actuación de los responsables políticos y de la policía y por el sensacionalismo –sexo, mafias y extranjería, ¿qué más se puede pedir?– promovido por la prensa en los últimos tiempos[17]. Los relatos de las salidas ponen de manifiesto la complejidad de la prostitución de calle, además de nuestros descoloques y fantasías –demasiado lúgubres o exóticas, demasiado ingenuas o voluntaristas, demasidado correctas e inútiles–, teñidas, en cualquier caso, por los imaginarios del placer y del peligro.

La prostitución de calle se complica. La organización del trabajo está sometida a las presiones de mafiosos, mirones, clientes, policías, vecinos y proxenetas[18]. Los precios están bajando y se diferencian en función de la raza, la edad y los papeles. Las que hacen la calle representan el escalafón más bajo y, en muchos casos, el más dependiente, sometido y perseguido.

La prostitución, como el trabajo doméstico, no hace sino poner de manifiesto las escalas sexuales y raciales que existen en un momento dado. Pero ¿cómo funcionan estos mecanismos? ¿por qué las subsaharianas son «más baratas»? ¿por qué está bajando el precio del servicio en la calle? ¿por qué sube la demanda y los precios de las españolas? ¿por qué no se van todas a las casas de citas? Para responder a estas preguntas tendríamos que referirnos a fenómenos tan dispares y de escalas tan distintas como la nueva división internacional y sexual del trabajo, la ley de extranjería y las políticas de control de los movimientos migratorios (y callejeros), la erotización de la jerarquía, el racismo y los complejos mecanismos que se desatan cuando el sexo se vende como servicio. Este análisis de encrucijada cuesta pero pensamos que es ahora, más que nunca, resulta imprescindible.

Uno de los elementos del placer, sostiene una compañera, es el sentirse deseado, esto desaparece cuando compramos el sexo pero puede ser sustituido si podemos imaginar que la prostituta de algún modo elige y nos elige, que lo hace «porque quiere», no porque «no tiene más remedio», que existe, de hecho, un afecto[19]. Cuando se dispara todo este batiburrillo nos vuelve a asaltar la posibilidad de pensar el sexo y las prácticas de sexo en una dimensión histórica; como lo hace Foucault y las feministas que tanto nos inspiran, es decir como producción (y no como mera dominación), lugar de regulación y de gobierno. Entonces pensamos cómo se ha transformado la sexualidad en relación a la feminidad y la masculinidad, cómo se están especializando y sofisticando los servicios del sexo y cómo todo esto va unido a la invención de derechos en un contexto general dominado por la desarticulación y en otro particular, el del trabajo sexual, caracterizado por el desequilibrio y el estigma[20].

En nuestra perspectiva feminista, el ejercicio de la prostitución reproduce una teatralización del poder; el hombre negocia y compra el derecho de acceso al cuerpo de la mujer y… a algo más, algo que no se puede separar de lo primero: una performance de sexo con amor, una sexualidad normalizada o aberrante, igualitaria o jerarquizada, voluntaria o forzada, la compensación de un déficit de sexo o afecto, una compañera, una madre, etc. Se pueden comprar muchos tipos de performance, no hay más que ver los anuncios del periódico. Las putas siempre han hablado de la chapa que les pegan sus clientes, de su papel de terapeutas o sujetos deseados, desmitificando así la generalización de la violencia y el desprecio como pauta del servicio sexual. Fantasías de dominio, de guerra, de inversión del poder, de secreto y desvelamiento…Como decía un cliente por la tele: «nadie da tanto por tan poco». El trabajo sexual, decíamos antes, es un lugar estratégico para revelar la sexualidad –la normal y la desviada– en un periodo histórico determinado, así como el modo en el que está vinculada con otras dimensiones de la identidad social. Las putas y las trabajadoras del sexo en general ponen de manifiesto las actuaciones de género y las fronteras del ser mujer.

Por lo que han contado algunas compañeras del sector[21], la estratificación depende en gran medida del efecto de realidad o verosimilitud de la ficción, es decir, de lo que se acerque a un encuentro sexual no mercantil. A algunos hombres les gusta pensar que la trabajadora no trabaja, que está en ello y se entrega en cuerpo y alma, como si dijéramos. La ficción del piso de estudiantes para publicitar las casas de citas, la mujer independiente o la azafata que recibe o acompaña a caballeros en la prostitución de alto nivel, los migrantes que quieren estar con españolas, el anonimato de los pisos o el party line en la telefonía erótica son manifestaciones de esta ficción de igualdad, de normalidad si se quiere. Ser de raza blanca es otro indicador de igualdad alejado del orientalismo que prometen las mujeres de otros colores y procedencias o del horizonte de pobreza y extranjería que puede llegar a intuirse en el caso de las mujeres inmigrantes. El cybersexo es un fenómeno interesante en este sentido, sobretodo por la dislocación de la identidad que posibilita la red y otros interfaces como el teléfono[22]. La oportunidad de disfrazar el sexo por dinero a través de mensajes telefónicos registrados en un contestador contribuye a desmaterializar el intercambio y a asegurar una representación menos carnal pero de una exterioridad más abierta a la simulación. Pero entonces, ¿qué significa todo esto?

Esto es precisamente lo que nos gustaría seguir explorando. En cualquier caso, no sabemos si esta tendencia a la «disolución» de los trazos de asimetría –de sexo, origen social, raza, procedencia, edad, estándares corporales e identidad sexual– es dominante. Evidentemente convive con otras que valorizan las fantasías de dominación y sumisión o se inspiran en jerarquías de sexo, raza y procedencia.

Lo que sí resulta evidente es que estas fantasías –ya sean de igualdad o dominación/sumisión– se producen en el contexto de un sistema social jerárquizado de acuerdo con distintos ejes. Los que nosotras aspirabamos a rellenar en el famoso cuadro. La estratificación resultante abarca (1) el régimen del trabajo (coaccionado, embridado, asalariado sin deudas y autónomo); (2) a la movilidad social, laboral y geográfica; (3) al grado de exposición del cuerpo (directo en la prostitución, semidirecto en el masaje o indirecto en el peep show o en la telefonía), y (3) a la organización del trabajo (empresa flexible y en red como en los chats o en las casas de citas, familiar como en algunos burdeles, autónoma como las prostitutas por cuenta propia, mafiosa, etc.). Si cruzamos todas estas categorías de posición y régimen tendremos un mapa de ejes bastante complejo.

Este mapa en curso empieza a mostrar algunas sigularidades y lugares comunes. Muestra, por ejemplo, la similitud entre ciertas formas de trabajo sexual y otras en el campo de las comunicaciones, del comercio (en las grandes cadenas o el pequeño comercio) o en el servicio doméstico (igualmente frágil en lo que respecta al estatus legal). Hablamos de empresas muy similares. Con sus instrumentos publicitarios, su sistema de «controllers», su recepcionista en el papel de contactadora, supervisora, presentadora, diseminadora y contable, sus instalaciones descentralizadas, sus horarios flexibles, su inclinación a acaparar todo el tiempo de la vida de las trabajadoras (como sucede con las domésticas internas), etc. Aunque el estigma social sea compartido por todo el sector de la industria del sexo, también tiene algo que ver con la feminización de la actividad, la invisivilidad y la falta de estima, rasgos que el trabajo de sexo comparte con otros de cuidado y atención.

Otra dimensión para los nombres comunes y las singularidad a potenciar es la identidad de las mujeres. Como ha sugerido Laura Agustín, muchas no se piensan como «prostitutas» o «trabajadoras del sexo», sino como migrantes de tal o cual lugar «que se dedican de forma temporal al trabajo sexual como medio para alcanzar cierto fin. Esto significa que están menos interesadas en cuestiones de identidad que en que se les permita seguir ganado dinero de la manera que quieran, sin que se les agreda o violente, por un lado, o sin que se les tenga lástima y se las someta a proyectos para ‘salvarlas’, por otro» (en prensa). Esta indefinición o ambigüedad profesional, que ya veíamos en las teleoperadoras, no es aquí el producto de la desregulación sino la condición misma de un «oficio» que se confunde con la naturaleza misma de la mala mujer. A ella contribuye el carácter expansivo y diversificador de la propia industria –hoy resulta difícil distinguir algunos servicios eróticos de otras actividades «sensuales» dirigidas a formentar la salud o de las que se desarrollan en el terreno del arte y/o del entretenimiento– y el flujo de entrada y salida de muchas mujeres, sobretodo migrantes, que hoy cuidan niños y mañana hacen una semana en la Casa de Campo.

Los apuntes, de momento, son muchos y dispersos. Los relatos e impresiones que hemos ido reuniendo de a poco sugieren más preguntas que respuestas. Hemos abierto bien los oidos durante las salidas, las entrevistas y en esta primera deriva guiada por una compañera de la telefonía erótica y una recepcionista-telefonista de casa de citas y esperamos poder seguir abriendolos en los próximos meses. En cualquier caso, esto nos parece un buen punto de arranque en un momento que ya pensabamos sobredeterminado por el impasse en los debates feministas.

AMAS DE CASA, CHACHAS, SEÑORITAS Y CUIDADORAS EN GENERAL. EL TALLER DE CUIDADOS GLOBALIZADOS

HABLAMOS DE CRISIS

Las reflexiones de este taller se exponen en un texto incluido en este volumen, de modo que procuraremos que estas páginas sirvan a modo de invitación para situarnos en los orígenes del mismo y pensar a partir de una encrucijada: ¿crisis? ¿conflicto? ¿tránsito?

El Taller de Cuidados Globalizados se celebró a lo largo de tres sesiones en las que participaron mujeres que eran una mecla de alguna de estas cosas: trabajadoras domésticas y cuidadoras, migrantes, estudiosas, activistas, abogadas, mediadoras sociales, etc. La primera sesión fue una suerte de acercamiento al panorama actual de los cuidados –transformaciones sociales, planteamientos feministas, papel de las migrantes y de las leyes de extranjería, legislación sobre trabajo doméstico, situación del mercado laboral–, después nos pusimos a pensar en las «cuidadoras en pie de guerra», en las experiencias existentes y en otras posibles.

La discusión, como siempre, se lió de buena manera, porque es verdad que son demasiadas cosas: (1) la historia de la división sexual del trabajo y su configuración en el presente, (2) la feminización de las corrientes migratorias y el «trasvase de desigualdades», (3) el marco legal que fija el estatus del trabajo doméstio como subempleo y el de las mujeres como subalternas, (4) el contenido de este trabajo: sus pautas temporales, espaciales, subjetivas, etc. y (5) los frentes de lucha.

En cierto modo, nuestro interés por los cuidados globalizados es el mismo que anima toda la temática institucional de la «conciliación de la vida familiar y laboral», aunque parta de premisas distintas y conduzca a conclusiones diferentes[23]. De momentos vamos a llamarle «crisis»: el esquema reproductivo mayoritario entra actualmente en conflicto, por un lado, con la presión que ejercen los modos de desregulación del empleo (masculino y femenino) y la carencia de servicios públicos y, por otro, con las expectativas que el acceso a la educación, al empleo más o menos estable, a la autodeterminación sexual y, en general, al feminismo como planteamiento sobre la liberación de las mujeres han generado a partir de la década de 1970[24]. O

«Con la quiebra del modelo de familia fordista, en la que la infraestructura social doméstica y de cuidados se resolvía mediante la dedicación exclusiva de las mujeres a este trabajo gratuito, nos ancontramos ante un nuevo escenario, que supone también la quiebra de la antigua estructura de cuidados en la que la reciprocidad diferida garantizaba que las personas que eran cuidadas en su infancia y en su juventud, serían en el futuro cuidadoras de sus mayores» (del Río, S. Y Pérez Orozco, A. «La economía desde el feminismo: trabajos y cuidados», Rescoldos, n. 7, 2002).

Pero, vayamos por partes. Por esquema reproductivo mayoritario entendemos la familia nuclear patriarcal con una fuerte división sexual del trabajo que determina la división entre lo público y lo privado, la producción y la reproducción; se trata indudablemente de una familia de clase media y blanca, legítima heredera de la familia burguesa del XIX, y extendida como modelo (ojo, no necesariamente como experiencia) a casi todas las demás capas sociales a lo largo de la primera mitad del XX. Este esquema maximiza la reproducción, en el sentido de Bourdieu, biológica y social tanto en lo que se refiere a la transmisión de la herencia como en lo que respecta al cuidado de la descendencia en íntima colaboración con el Estado y al mantenimiento del orden moral. En la España franquista, este modelo tiene tintes especiales fuertemente marcados por un Estado del bienestar autoritario[25], el predominio moral e institucional de la religión católica y la propaganda sobre el papel de las mujeres como «ángeles del hogar». La crisis de este modelo se inicia en el posfranquismo y se agudiza en las últimas décadas[26]. Crisis no significa aquí que la división sexual no siga produciéndose, que con anterioridad las mujeres de clase baja no estuvieran sometidas a un esquema intensivo de trabajo fuera y dentro del hogar o que este modelo se realice del mismo modo en distintos contextos (por ejemplo, en el ámbito rural) o que suceda lo mismo en todas partes y en las mismas fechas. Los matices son importantes, sin embargo, nos parece pertinente hablar de un modelo hegemónico y aclarar que cuando hablamos de división sexual del trabajo no asumimos que las mujeres no trabajaran fuera de casa, pero sí que la reproducción deja de tener lugar mayoritariamente en el seno de la familia extensa y que, a partir del XVIII, en Europa se establecen una serie de servicios colectivos que apoyándose en la familia y en las mujeres están dirigidos a formar, pacificar e integrar a la población y a concitar los peligros que en aquel periodo, y en otros sucesivos, representaban las clases populares[27]. Ni que decir tiene que este esquema ha sido objeto de sucesivas crisis y readaptaciones; por ejemplo, tras las dos Guerras Mundiales.

Uno de los elementos de la crisis actual, la desregulación, atañe, por una parte, a la perdida de empleos masculinos durante los 80 y, por otra, a la creciente expansión, fragmentación y diversificación de los nichos de trabajo femenino, no ya en la administración o en la manufactura, sino en el sector servicios: limpiadoras, sirvientas, cuidadoras, camareras, dependientas, comerciales, teleoperadoras, esteticiens, trabajadoras del sexo, acompañantes, etc., un sector, para qué decirlo, cada vez más precario.

El segundo aspecto de esta crisis, la ausencia de servicios públicos, tiene que ver con el desarrollo del llamado Estado del bienestar «mediterráneo», se llama mediterráneo por no llamarlo rudimentario o familista. Esto quiere decir que la reproducción está en manos de las mujeres, muchas veces en régimen de «doble jornada» y que sólo en ausencia de una mujer intervendrá el Estado. Los servicios son, especialmente en el campo de los cuidados, un complemento a la acción de las mujeres. Los hogares con recursos acudirán a la contratación de otra mujer, probablemente migrante, para externalizar parte del trabajo. Y aquí entran ya en juego otras dimensiones como las regulaciones de extranjería; el hecho, por ejemplo, de que la extranjería se apoye en un fenómeno discriminatorio injustificable desde cualquier punto de vista eurobienpensante como la preasignación por ley de determinados empleos (servicio doméstico) a determinados grupos de población (mujeres extranjeras) en función de su sexo y su condición de alien.. De verdad que si tanta declaración no fuera más que papel mojado, esto sería un atentado contra los derechos humanos.

El tercero elemento, la generalización del feminismo, forma parte del horizonte subjetivo de las españolas y constituye una herramienta popular y populista de la mayoría de los partidos y de algunas marcas. La aceptación de la autonomía de las mujeres como idea se ha diseminado e individualizado[28]. A pesar de lo cual choca con los sentimientos de estrés y con la dificultad a la hora de plantearse la idependencia (jóvenes en el hogar de los padres, casadas insatisfechas con sus parejas o mujeres a cargo de personas dependientes), la maternidad, la formación, la equidad en el reparto de tareas o la promoción. La autonomía, a pesar de sus efectos para la autoestima, acaba siendo poco más que un ideal al que apenas se puede tender, algo para las «superwomans», algo que puede llegar a agobiar en la medida en que no se alcanza. A estos aspectos hay que añadir otro factor clave: el envejecimiento de la población[29], que junto al descenso de la tasa de natalidad está provocando una situación de incertidumbre y, como dicen y hacen los medios, de alarma social que en los próximos años puede modificar o al menos matizar los discursos criminalizadores sobre la extranjería en beneficio de otros que hagan más hincapié en el carácter beneficioso de los migrantes en tanto fuerza de trabajo, y lo que es más peligroso aún, en tanto fuerza procreativa necesaria en su justa proporción. Probablemente asistiremos a una combinación de ambas orientaciones.

Todos estos elementos forman parte de nuestros debates, pero además, en los últimos meses, algo ha cambiado en nosotras. Será que nos estamos haciendo mayores o que ponernos a hablar sobre estas cosas del cuidado en primera persona nos sitúa ante la perspectiva de que también nosotras seremos cuidadoras y eventualmente cuidadas. ¿O no? Algunas ya cuidamos en distinto grado a otras personas con las que convivimos, a nosotras mismas, y de un modo aún laxo a otras personas de nuestra familia. Casi ninguna tenemos críos ni pensamos o podemos tenerlos. Alguna los tiene al otro lado del charco y gestiona uno de sus hogares en la distancia con toda la incertidumbre que esto representa. Pero, a ver, ¿qué opciones tenemos? A muchas nos horripila el tener que vivir con nuestros familiares, incluso la perspectiva de tener que cuidarlos; ya vemos como lo hacen nuestras mayores. Rehuímos el chantaje afectivo y afirmamos nuestro deseo de mantener relaciones libres, es decir, basadas en el afecto. Sin embargo, estas mismas relaciones –más inseguras en la medida en que no producen garantías o están sujetas a contratos formales– no incluyen marcos –recursos, espacios y vínculos– para el cuidado. Vale, no nos hemos casado o hemos constituido otro tipo de unidades de convivencia, pero…¿cómo será la necesidad del cuidado en estos entornos? ¿volveremos a la familia? ¿a qué familia, cuando nosotras figuramos entre las mujeres más jóvenes de la misma? ¿a la pareja quien la tenga? ¿tendremos pareja? Hablar en primera persona y juntas tiene sus riesgos. También nosotras volvemos la mirada hacia la familia, cuando ésta no nos agarra de la barbilla y nos voltea la cara, y nos cuesta pensar en las otras como cuidadoras y en las escasas instituciones que generamos como facilitadoras del cuidado; al loro, el hardcore del cuidado no es tomarse un té con pastas en una tarde de depresión.

TESTIMONIOS DESDE LA ORILLA

Mientras comenzamos a hablar de estas cuestiones nos enfrentamos a la situación de algunas compañeras migrantes en el servicio doméstico y en los cuidados. En «Primeros balcuceos» nos referimos a la transferencia de parte del trabajo reproductivo a las migrantes. Esto tiene distintas consecuencias y parte de un mismo problema: el trabajo reproductivo no se ha repartido y las condiciones de los empleos hacen más difícil la labor de las mujeres autóctonas. Que los hogares no tengan «esposa» no significa que las cosas no tengan que hacerse; es más, se dice que en los hogares modernos y a pesar o, en algunos casos, precisamente por todos los avances tecnológicos la carga de trabajo es mayor. Aunque los ingresos no sean a menudo especialmente elevados, muchas parejas heterosexuales, y homosexuales imaginamos, evitan el conflicto: se contrata a alguien (por horas) y en paz. Si además hay criaturas y dos salarios, aunque sean flexibles y/o precarios, la solución, además de la abuela, está cantada. Esto origina una «demanda», un nicho para el empleo femenino precario que encaja perfectamente con una «oferta»: la de mujeres migrantes que buscan alternativas laborales y/o vitales en los centros del capitalismo global y que no pueden optar por otros empleos[30]. Ya tenemos el pull y el push. Y, desde nuestro punto de vista, hay que insistir en el pull –la estructura del mercado laboral español con su explosión de trabajo sumergido, de subempleo y desempleo–, sobretodo ahora que el empobrecimiento en el Tercer Mundo se contempla, bajo el prisma neoliberal, como incapacidad para el desarrollo y como algo que hay que solucionar donde corresponde.

La capacidad adquisitiva de los hogares de clase media baja y con ella los salarios de las trabajadoras por horas o externas; las que recogen al niño del colegio, cuidan del bebé, limpian y cocinan, hacen la casa, la oficina o el portal, pasean con la abuela o hacen de baby sitting. Quienes tienen más recursos o quieren servicios especializados –familias de clase alta, empresas, instituciones– se aprovechan de las condiciones generales de un sector prácticamente al margen de la legalidad o lo que es peor con una legalidad que ampara el abuso. La demanda de internas y externas, según muestra L. Oso, depende de si la familia tiene hijos pequeños; para los sectores de clase media, la interna cuesta casi lo mismo y hacen mucho más; los hogares unifamiliares de la periferia de las grandes ciudades tienen espacio suficiente para albergar a una interna; así los han diseñado los arquitectos. Las parejas profesionales sin hijos, en aras de la intimidad y la paz afectiva, optaran por la asistenta[31].

.... los trabajos que más salían eran de interna, mas cuidando niños, con cuatro, cinco niños en unas condiciones tremendas. Lo que más sale es trabajo internas, claro, porque imagínate que están solicitando externas, solicitan externas y les pagan 80.000 pesetas, por ejemplo y de interna pagan 90.000 y tienes una esclava ahí, porque claro, el trabajo de interna en la mayoría, no sé si hay excepciones, porque no se puede generalizar todo, pero en la mayoría de los casos se creen que son dueñas de la persona que está interna. Quien te contrata piensa que te está pagando bien, te está dando casa, te está dando comida, y un trato familiar, usando uniformes, tratándote como muy inferior… Entonces ven el caso: ¿qué me compensa, tener una persona externa o tenerla interna? Tener una persona interna. Entonces ya el trabajo de externa se reduce totalmente y casi no hay trabajo externa. Son poquísimos, son unas condiciones de que hay gente que dice: yo no quiero tener a una persona, porque no me apetece, no tengo la libertad, pero por esas condiciones, no porque las condiciones de explotarla, que digan: no puedo hacerlo, sino porque las condiciones personales, de intimidad y eso no les permiten hacerlo, no tienen el espacio para tener una persona interna. Pero por lo general ahorita, es el trabajo interna lo que hay, sea de personas mayores o de niños (trabajadora doméstica, Taller de cuidados globalizados I)

Este nicho, especialmente en el caso de las trabajadoras por horas, españolas sobretodo pero también extranjeras con permiso de trabajo, ha sido claramente percibido por las empresas de servicios. Muchas trabajadoras, ante lo frágil e impresivible de su situación, optan por vender parte de su salario a estas compañías en expansión.

Se trata indudablemente de una situación complicada, como nos contaron algunas mujeres durante las sesiones del taller:

…el otro día una compañera de mi curro, bueno yo trabajo en un sitio que, bueno, pues de gente trabajadora, que ha tenido una época de salarios medianamente decentes y un status como en fin, de clase media fundamentalmente, entonces claro ella es una mujer que tiene dos hijos su marido que trabaja en una empresa viajando, los hijos con catorce y 18 que la traen loca, y ahora su madre que está sola y se ha caído el otro día, pues ya no la puede dejar sola. Mujer que se quedó viuda y por eso ha tenido una autonomía muy alta desde que era muy joven... entonces me decía mi amiga, ‘claro es que no sé que hacer...’ y yo le digo, ‘es que esto es espantoso, esto no hay quien lo viva’. Entonces se plantea tomarse vacaciones para estar con su madre en julio y su madre con su otra hermana en agosto, pero claro, eso es como que explota, ¿no? Entonces se plantea la cuestión de la teleasistencia. La teleasistencia no mola porque ella dice, es que a mi madre lo que le hace falta es compañía. Es decir que no solamente el problema es cuidar a una persona mayor que en un momento determinado le pueda pasar algo y venga un señor del Samur, sino que lo que se está sufriendo y lo que en cierta medida se busca es compañía y afecto. Entonces, ella se plantea el problema, y hará una contratación donde se paga un salario de mierda, o sea que eso es así, pero que hay un sector de personas trabajadoras que se encuentran con ese cruce cuando los hijos todavía no son mayores, los padres que ya son mayores, y ellas en medio con hombres que no colaboran, y yo veo que aunque colaborasen, la presión que hay en el mercado laboral es de tal envergadura que tampoco solucionaría el problema, entonces cuando no hay una resolución colectiva de ‘vamos a hacer esto para no sé qué’, entonces como cada quien se busca la vida como puede, una de las alternativas es la contratación de otra mujer (activista del MF, madre trabajadora, Taller de Cuidados Globalizados III)

A él hay que añadir una cuestión central que ya señalabamos en nuestros primeros balbuceos y que se entremezcla en todos y cada uno de los aspectos que hemos recorrido más arriba y que seguiremos recorriendo a lo largo de este libro: el afecto. La literatura sobre las «cadenas mundiales de afecto», a las que nos referiremos más adelante, reconstruyen los lazos del cuidado, en los que participan las familiares y personas cuidadas en el país de origen, las familias para las que ahora se trabaja y las relaciones afectivas que se establecen en el lugar en el que se habita. No se trata exactamente de un corrimiento –las que son madres siguen actuando de madres aunque de otro modo, siguen siendo licenciadas aunque ejerzan de domésticas– sino, más bien, de una reordenación o renegociación de los papeles y, en este sentido, de las identidades[32]. Algo que ha sucedido y sucede en el contexto español con las abuelas cuidadoras, de las que poco se habla.

Todas las cuestiones que se derivan de este reajuste global nos interesan. No desde la perspectiva del enfrentamiento entre mujeres o desde la cupabilización –la liberación de unas a costa de la opresión de otras–, como se entrevé en algunos enunciados feministas que ha interpretado la crítica poscolonial como una entonación del mea culpa que acaba por apelar a la buena voluntad individual. O, a la inversa, como motores de la ansiedad y la venganza de las legítimas cuidadoras descuidadas frente a las extranjeras sádicas; véase el reciente escándalo que ha montado la prensa sobre el maltrato de una interna ecuatoriana a unos rubios mellizos de madre blanca ausente. Nos interesan, más bien, como dinámica que contribuye a la reconfiguración de los hogares, las familias, el sentido de la intimidad y de lo privado y los modos de amar, cuidar y gestionar los afectos. Nos interesan también en su trabazón con la sexualidad, con un continuo afectivo que siempre ha estado presente y que distribuye funciones de esposa, amante, cuidadora, servidora sexual, compañera, madre, esposa contratada, etc. Nos interesa, en definitiva, porque la capacidad para plantear negociación y conflicto por parte de los sectores femeninos más vulnerables y la capacidad para trazar alianzas es lo que asegurará mejores condiciones para todas. Se trata de desterrar definitivamente del imaginario la idea de la competencia leal o desleal, las clausulas de prioridad nacional como una excusa para fomentar la precarización y la etnificación, y la diferencia sexual como un argumento para una «especialización» a la baja. El capital fragmenta lo social para restar valor, nosotras agregamos para elevarlo y desplazarlo hacia otros lugares. Indudablemente nos hallamos en un campo de fuerzas, de creación de simbólico y prácticas de vida en el que es preciso intervenir. Al fin y al cabo, de uno u otro modo, estamos hablando del cotidiano de todas nosotras.

GUERRAS COTIDIANAS

En cuanto a la estrategia, ¿qué decir? Hemos discutido por aquí y por allá largo y tendido. En realidad, tal y como afirma una compañera de la Asamblea Feminista de Madrid llevamos ya tiempo dando vueltas a esto de poner la vida, la sostenibilidad de la vida, en el centro, aunque no logramos dar con las respuestas o, más bien, con las formas de poner en lo público este conflicto soterrado[33]. Igual nos vamos acercando. Cuantificar, valorizar, visibilizar, retirar, mercantilizar, abolir, industrializar, compartir, salarizar en la economía social, conciliar, pugnar por un salario doméstico, social…

El escenario que vamos esbozando se aparta evidentemente del que plantean las políticas conciliadoras que ven en el feminismo institucional y en las medidas diseñadas a tal efecto una herramienta inscrita en un relato progresivo de la liberación de la mujer. Nuestro análisis es otro. Es primeramente global, en el sentido de contemplar la realidad de las mujeres –amas de casa, esposas, desde las dos orillas, asalariadas y no, en matrimonios y fuera de ellos, legales o ilegalizadas, en uniones homologadas/ables y en otras, etc.–, de las más posibles, en conjunto y en sus interrelaciones, por todo lo ambiguas y conflictivas que éstas puedan ser. De nada nos sirve hablar de conciliación o incluso de valorización si no hablamos de distribución, de reparto, o mejor, de cooperación y de conciliación para todas y en condiciones justas. De nada, si cuando hablamos del hogar no hablamos de la precarización de la existencia y del empleo y a la inversa. Como se ha señalado desde las posturas críticas, el debate sobre la conciliación en el empleo y en los hogares parte de premisas inadecuadas (son las mujeres quienes tienen que conciliar), además de evitar cuestiones cruciales (como el del trabajo migrante, el de las formas jurídicas de las uniones y la ciudadanía o el de las condiciones en el empleo precario y femenino) o reconducir los conflictos hacia posiciones de pacificación y justificación de las desigualdades.

La situación de los servicios sociales y su privatización progresiva, tal y como se explica en una entrevista incluida en este libro– no sólo no augura bonanzas, sino graves retrocesos. El reparto se ha producido en una escala muy limitada y con muchas dificultades dadas las resistencias de los hombres, la falta de recursos y la flexibilización en el empleo. Las mujeres que trabajan en el sector doméstico y de cuidados no han asistido a la reforma de una legislación cuasi feudal[34]; han visto, en cambio, cómo empeoraban sus condiciones de vida con la irrupción de las empresas de servicios, las políticas de extranjería y la dificultad tradicional de forzar la capacidad de negocación colectiva en estos sectores.

La estrategia de visibilizar, valorizar y hasta cuantificar[35] es imprescindible, y a ella hay que incorporar el análisis del trabajo precario y la migración, ya que hasta hace no mucho ésta se fundaba sobre un modelo de mujer, hogar y empleo «típicos» y autóctonos. Además, no siempre van acompañadas de reflexiones que favorezcan una politización de nuestras vidas que articule conocimiento, cambio y conflicto colectivos. La llamada economía social –el tercer sector– en ocasiones se acopla perversamente con las oportunidades de acumulación que ofrecen los ya no tan «nuevos yacimientos de empleo» y las receintes formas de subcontratación, y esto se acentua aún más en el caso de las mujeres. El salario social, del que ya hablamos en las jornadas feministas estatales de Córdoba en 2000 y en otros encuentros, es una oportunidad para reencuadrar los debates sobre el trabajo y la vida, sin embargo, puede dejar indemne e igualmente invisible la cuestión del valor, del salario y las condiciones (que viven las empleadas de hogar) y las pautas de cooperación (que vivimos todas en nuestros hogares).

Por otro lado, hablar de afecto implica superar necesariamente el marco del empleo e incluso del trabajo e introducirse de forma especial en el ámbito de la relación, algo indisociable de cualquier actividad pero esencial en la que nos ocupa. Somos cuidadoras, todas y algunos todos, pero además necesitamos que nos cuiden, nos gusta y tenemos derecho a ello. Pero el afecto que buscamos no debería ser de mínimos, de obligación o culpa, de dependencia, sino que tiene que ser un afecto libre, aunque (hoy por hoy) pueda estar vinculado a un salario, y para que sea libre tiene que ser justo. El afecto, bien lo sabemos, no es la panacea, por eso no basta hablar de él sin nombres ni apellidos. El amor tiene cualidades y es parte de relaciones sociales que hay que construir y deconstruir: amor, servicio, trabajo, solidaridad, etc. De modo que las luchas que estén relacionadas con los afectos, como lo son la mayoría de las que se libran en el terreno de la salud y la educación, no serán estrictamente laborales, sino ciudadanas a la par que personales. Serán luchas en contra de las guerras cotidianas. Y el reto al que nos enfrentamos en estos talleres es justamente ese: transformar el cuidado en una reivindicación social que modifique los afectos y los convierta en un bien común y abundante. Algo que ha sido un desafío constante para el feminismo y que la ofensiva neoliberal de las últimas décadas ha convertido en una urgencia.

Las luchas de las cuidadoras –de las amas de casa en los países empobrecidos, de las migrantes, de las trabajadoras sociales…– están en ciernes y algunas experiencias apuntan a un futuro de agregación que pudiera hacer estallar la atomización y precarización que se da en los servicios personales, la degradación de los públicos y las angustias y malabarismos de las componendas familiares[36]. Las luchas de las personas (des)cuidadas, relevantes en otros países del Tercer Mundo, no así en Europa, a excepción quizás de Francia, son la otra cara de los mismos problemas: recursos, calidad y cooperación. En este sentido, los conflictos migrantes y los que giran en torno a los cuidados, que se dirimen en el plano laboral pero sobretodo en el ciudadano y en el del imaginario y las formas de vida, precisan de un mayor grado de elaboración y confluencia.

«EL IMPULSO CREATIVO». DERIVA POR LA PRODUCCION MEDIATICA

HACER LOGO

En abril de 2003 derivamos por los circuitos de la precariedad mediática. Medios: diseño gráfico, empleos ligados a la producción mediática y cultural, trabajillos en la industria del espectáculo, personal llamado «creativo», en publicidad, diseño corporativo, promoción y campañas de marca… sí sí, elaboración del LOGO. Trabajo sobre el código: traducción, idiomas, corrección de pruebas y edición, investigación, contactación y consultoría desde el ordenata de casa, free-lance en medios, artistas sin ringo rango, asidua a los castings en su condición de intermitente del espectáculo, etc. Palabras clave: creatividad, vocación, conectividad, autonomía, flexibilidad, mérito, prueba, realización, profesionalidad, movilidad, (auto)formación, estrés, horario «libre», proyecto… Algunos hablan raro y dicen «tener unos temas sobre la mesa» o «monitoreado» o «píldoras culturales» y otras cosas por el estilo. Si os fijais, las personas que trabajan en la produccion inmaterial no son teleoperadoras ni chainworkers, sin embargo, en ocasiones las tareas de comunicación, control de los flujos semióticos y gestión se solapan y lo único que queda son los rastros, simbólicamente poderosos, de un cierto prestigio y de una cierta satisfacción que proporciona la creación si no «de autor», sí al menos de «colaboradora», eso sí, eventual[37].

Así pues, establecemos una línea de continuidad entre nuestra primera deriva con las manipuladoras de códigos y esta nueva deriva de medios junto a unas precarias de Radio Nacional: una con contratos «en prácticas» –hoy recien despedida– y otra con contrato «por obra» producto en ambos casos de un master en el que participa el Ente. Fuimos también de la mano de una estudiante de imagen que trabaja a salto de mata en el ámbito del audiovisual y participa en proyectos cooperativos poco alimenticios y, finalmente, de una joven promesa en una productora masiva y precarizada: Sogecine, pertenciente junto a CNN +, Canal +, Canal Satélite Digital, Sogepack y un largo etcétera a Sogecable.

Transporte público con Angela y Mónica hasta RTVE, pasillos ministeriales de otra época, nada que ver con las redacciones que aparecen en las pelís de Hollywood; transitamos por la red pasando por varias empresillas del sector audiovisual a las que Alejandra había ido a parar y en las que apenas la dejan las manos libres, y nos colamos en un céntrico edificio de filial de filial de empresa lider para charlar con Carolina sobre el backstage del cine taquillero. De vuelta paramos a tomar una caña y dar vueltas a esto de la producción de signos para acabar enfrascadas en una conversación con una forofa de una Jennifer López que trabaja haciendo habitaciones en un hotel de lujo en Manhattan y conoce a ejecutivo agresivo disfrazada de gran dama y tal tal y tal.

Estos trabajos en este campo no son específicamente femeninos, aunque sí «feminizados» en el sentido que da Haraway a este término. Nuestro interés por ellos tiene que ver con tres cosas: (1) su componente de atención (algo que comparten, por ejemplo, con las teleoperadoras, con las trabajadoras sociales y con las cuidadoras) e imagen/performance (algo que los acerca, dejando a un lado el glamour, a la dependienta, también a la dependienta de cadenas), (2) su capacidad de generar imaginario y, en este sentido, de conformar el género o, dicho en palabras de Teresa de Lauretis, su carácter de tecnologías de género y (3) el creciente número de mujeres que trabajan en estos sectores. Evidentemente, aquí hay diferencias claves en el cara al público, el carácter de exposición o presentación que tienen los medios o la industria cultural frente a la traducción, por ejemplo. Estamos hablando de un campo muy basto que tendremos que aprender a delimitar en nuestras indagaciones.

En nuestros primeros balbuceos hablamos someramente de estos puntos. De las condiciones de trabajo en las pequeñas nuevas empresas en red, que no es que externalicen y contraten a otras empresas, sino que directamente crean compañías filiales a partir de sus antiguos departamentos, sin que esto implique en absoluto la posibilidad de respetar los convenios. Hemos hablado también de la maximización de conocimientos, recursos afectivos y, en el caso de la industria cultural, mediática y publicitaria, más que en ningún otro lugar, conectividad, sin que esto se traduzca necesariamente en renta o estabilidad. Hemos hablado de los tipos de contrato mayoritarios en los escalafones más bajos: becas, prácticas, por obra o ninguno. De la flexibilidad de horarios, de los escasos salarios y derechos, de la falta de delimitación de las tareas, de la polivalencia, de las jerarquías difusas orientadas a promover la autoregulación, etc[38].

CONEXIONISMO Y MEDIACION EL EL SEMIOCAPITALISMO

Además de todo esto, hay algo específico en este tipo de trabajos, aunque esto se de en distinto grado y manera en todas las actividades: el valor social y el valor relacional. Este tipo de trabajos se realizan por vocación y como una inversión en una misma. Por eso el proceso de aprendizaje (gratuito) no acaba nunca, y el resultado, la obra, es en muchos casos un conjunto de contactos y posibles que hay que saber maximizar[39]. Están asociados a la técnica y a la (auto)formación (como en la programación o el diseño), a las tareas inventivas, intelectuales y performativas (como en la moda o el mundo del arte) y a los ámbitos de poder e influencia pública (como en el cine, los medios o la publicidad). La conectividad, la cartera de clientes y contactos abiertos para futuros proyectos constituye el elemento central de lo que Ève Chiapello y Luc Boltanski han caracterizado de un modo exhaustivo como la ciudad por proyectos, cuyos precedentes son la crítica artística y la investigación científica. A esta ciudad oponen otras como la doméstica, la comercial, la inspirada, la del renombre o la industrial, con las que puede llegar a convivir.

«En un mundo reticular, la vida social se compone en lo sucesivo de una multiplicación de encuentros y de conexiones temporales, pero reactivables con grupos diversos, realizadas eventualmente a distancias sociales, profesionales, geográficas y culturales muy elevadas. El proyecto es la ocasión y el pretexto para la conexión, reuniendo temporalmente a personas muy dispares y presentándose como un extremo de la red fuertemente activado durante un periodo relativamente corto de tiempo, pero que permite forjar vínculos más duraderos que, aunque permanezcan desactivados temporalmente, permanecerán siempre disponibles» (p. 155, El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2002)

La retórica de los proyectos introduce una base para la evaluación: el mérito, y una práctica para medirlo: la prueba.

Yo lo que veo en la radio y en los medios de comunicación en general es que trabajas como en un escaparate, no sé, imaginaros una persona que trabaja en una oficina y le ponen una cámara dos horas al día , pues esas dos horas estará haciendo como que hace algo, y esmerada. Entonces yo veo que nosotras al tener dos horas al día que nuestro trabajo se expone, que realmente te lo están evaluando, entonces ahí tienes que poner toda la carne en el asador, no es como por ejemplo tener unos papeles que en otro trabajo puedes decir ‘bueno ya lo haré mañana’, en este trabajo no puedes, es que a las seis de la tarde yo tengo que salir en directo y decir algo, entonces si que te llevas trabajo a casa, yo las revistas me las llevo y me las subrayo en el metro, antes de dormir. Hace mucho que no leo libros porque me leo todas las revistas de música en la cama y luego me duermo, ahora ya sí porque por mi cumpleaños me regalaron un libro y he dicho ‘voy a dejar las revistas y a leerme un libro (Deriva de medios, primera parada).

La orientación hacia el proceso de comunicación es un aspecto fundamental. No se trata ya del viejo esquema sujeto-objeto o emisor-mensaje-receptor, sino de otro mucho más sofisticado inspirado en la pragmática, la semiótica, la etnometodología y el interaccionismo simbólico. En él se ponen en juego los códigos compartidos y no compartidos, los sinsentidos y malentendidos, los implícitos, los performativos y la fuerza ilocutiva, la mediación o traducción de unos signos a otros, la gestualidad y, en general, la encarnación, las expectativas, los gustos y los hábitos. Así, los rasgos del régimen informacional[40] –fragmentación, preeminencia de lo visual, ensamblaje modular y sinopsis, des/recontextualización, intercambiabilidad, integralidad, estimulación sensomotriz…– no conforma unidades funcionales estáticas y discretas como en el periódo industrial sino reversibles y recombinables, también en función de los procesos de retroalimentación: estudios de mercado, sondeos, llamadas al programa, nivel de audiencia y de venta de los productos asociados, etc.

Todo esto nos lo contó Carolina en relación a su trabajo en el departamento de producción en Sogecine con otras palabras. Hablando, por ejemplo, de cómo proyectar un hipotético público femenino:

…de hecho creo que Sogecine tiene esa fama de ser muy machista, machista y masculina. Luego, es que tengo ejemplos tan graciosos...te llaman de vez en cuando para que veas un trailer; eres lo que llaman “target”, público objetivo… entonces, eres mujer de 18-35 años, te voy a poner un trailer donde se supone que tienes que llorar como mujer de 18-35 años (no te lo dicen, pero lo doy por hecho) y te ponen una cosa que me parece una cursilada horrible, y les digo, a mí es que me parece feísimo, me parece una cursilada y ellos responden: Tu eres una machota, fuera, que venga otra (Deriva de medios, tercera parada).

Y nos dio con este pequeño ejemplo de feedback personal condicionado algunas claves para pensar las pautas de la reproducción simbólica –montaje sí, pero de lo mismo– y los dispositivos de autoregulación que desarrollamos quienes nos dedicamos a la manipulación de codigos masivos[41]. Carolina comenta que puede incluso producirse un desfase en las tareas de mediación, entre la película y la traducción que hace la productora en el trailer, por ejemplo. Y como éstas, otras tantas en el interior de la industria cinematográfica. Esta labor de mediación se resuelve, aclara Carolina, en beneficio de la media, las mayorías, lo comercial, lo que sabemos que funciona y tenemos controlado. Y, lo que es más importante, no las resuelve un jefe, en Sogecine hay más jefes que empleados, la resuelve cualquiera: desde el autor del guión hasta la desarrolladora, la que diseña el cartel u organiza el estreno…

Pero la cosa va más allá; es una tarea de invención de mayorías, de conversión de minorías en mayorías, de codificación de la diferencia como mercancía[42]. Hablamos de un circuito, no de una relación unidireccional.

…a ellos les interesa que yo esté aquí, si no no estaría y yo no soy en eso demasiado comercial, también les interesa justamente, y además, aquí yo creo que es más radical, pero en Canal + , por ejemplo, Canal + Televisión, está produciendo un montón de programas diferentes, dirigido hacia un público muy diferente y donde sí que se busca un montón la innovación , mucho más que aquí, porque este es un negocio muchísimo más arriesgado de por sí, entonces tienes que cubrirte muchas veces las espaldas y no ser tan arriesgado como en un programa que no te gusta mucho hacerlo, que no funciona, lo quitas y ya está, aquí si no es un éxito en taquilla estás corriendo el riesgo de que esto lo cierren el año que viene ¿sabes? Yo creo que en este terreno no se puede, desde aquí, explorar tanto, quizá desde la televisión sí se puede crear mucho más. Y luego no nos engañemos, la televisión no tiene nada que ver con el público del cine, es muchísimo más mayoritario, además es una consumición mucho más inmediata. Una película desde que tú la empiezas hasta que la haces pasa un año, si en ese momento se está buscando eso, pero dentro de dos años, que es cuando la terminas ya no funciona o sí...es mucho más difícil desde ahí ver el efecto que tienen. Los lunes al sol, por ejemplo, nadie suponía que iba a ser ese éxito. Nadie. De hecho cuando se estrenó, las previsiones, que lo distribuyó Sogepak, la distribuidora de aquí, las previsiones eran de doscientos, trescientos millones en taquilla y lleva 1500. Es que no se puede saber (Deriva de medios, tercera parada).

Pero entonces, si hablamos de circuito, ahí tenemos también a las audiencias que, en ocasiones, se escapan o producen auténticas innovaciones que más tarde podrán ser mediadas, como ha sucedido con la cultura híbrida del rap o con las telenovelas, cuyas claves culturales lationamericanas han sido recodificadas en el mercado global. La concentración de los medios, con sus tendencias a la centralización del mando y la gestión convive, primero, con la multiplicidad y el desmenuzamiento de los procesos productivos[43], incluidos los puntos de fuga, segundo, con formas de colaboración e intercambio entre las entidades dirigidas a facilitar la coproducción, y tercero, con el carácter a menudo ambivalente de la movilización de las audiencias. Estas interpretan y utilizan los medios en distintos contextos locales y acuden para ello a diversos marcos de referencia. De modo que no está todo dicho.

Así pues, las experiencias del universo informacional son contradictorias. Quienes leen la globalización únicamente en términos de homogeneización e imperialismo cultural olvidan con frecuencia las tendencias, eso sí contradictorias, hacia la diversificación, la hibridación, la deslocalización y descentralización de los referentes, la formación de nuevas comunidades transnacionales y virtuales, la facilidad sino la igualdad en el acceso y la manipulación de las herramientas y códigos informacionales, la relevancia de los medios locales y alternativos o las pautas de interactividad[44].

Indymedia proporciona un buen ejemplo de la orientación que en adelante adquiere la confrontación: «don’t hate the media, become the media» dicen quienes habitan la experiencia digital y logran burlar las restricciones del cable[45]. El impulso creativo y la intimidad tecnológica producen crisis notables en las manipuladoras de códigos; de esto nos hablaron extensamente nuestras cuatro guías a lo largo de la deriva[46]. La posibilidad de poner la creatividad en otra parte; desincrustarla y reincrustarla en otro circuito es un deseo y una frustración que hay que tener muy presente.

TECNOLOGIAS DEL GENERO. «CUANDO LO PERSONAL ES DIGITAL»

A pesar de la insistencia en el acceso y la proliferación y diversificación de los puntos de emisión, recepción, circulación y reproducción, los problemas atañen también a las representaciones y, en este sentido, nuestra política, tal y como sugiere Stuart Hall, ha de ser (de)contructiva, sobretodo cuando nos enfrentamos a las imágenes hegemónicas del género[47].

Aclaremos entonces que este dilema no tiene nada que ver con la dicotomía forma-contenido, hoy excesivamente rudimentaria. Estamos hablando de la articulación de conocimientos, techné, discursividades y sociabilidades en el régimen informacional. El ciberfeminismo ha captado esta reformulación del problema al analizar los vínculos materiales y simbólicos entre la tecnociencia y la tecnocultura y las retóricas del género[48]. Algunos relatos de este libro se refieren a esta cuestión. Además de apuntar determinados límites de las utopías informacionales, las ciberactivistas están señalando, sin hacer concesiones a la nostalgia, las trampas de las reencarnaciones múltiples y polimórficas en el espacio virtual. La informática de la dominación promete nuevos monstruos y relatos, sin embargo, esto, al igual que la propia mediación tecnológica, está lejos de asegurarnos una humanidad posmoderna. Y si no, que se lo digan a Triniti.

Siguiendo con esta cuestión de las tecnologías del género, hemos hablado, también en nuestros encuentros fortuitos, de Jeniffer López, joven humilde, habitualmente de origen italiano o latino, que limpia habitaciones y fantasea con un ascenso social abrupto y por amor; la misma historia en Pretty woman –de puta a señora de copete– y en esa desagradabilisima película, Oficial y caballero, en la que una obrera industrial sueña y finalmente se convierte en prometida de un tipo de West Point, con el que sale cogida del brazo de la fábrica en la última escena. Bien, podríamos citar otras tantas representaciones sexuadas, sexualizadas y racializadas masivas cortadas por el mismo patrón. Nosotras, además, nos hemos topado con el nuevo espíritu constructivista de la Nike y con otras tantas fantasías de género –las que cuentan las trabajadoras del sexo sin ir más lejos–, cuya materialidad está en relación directa con el valor social y económico que ponen en juego. La visibilidad tecnificada –sobreexposición y disolución de las fronteras de la privacidad–, la inmediatez y la creciente autonomía de la comunicación y la cultura con respecto a los hechos registrables, contables o noticiables[49] tiene mucho que ver con un nuevo modo de objetualizar el cuerpo de las mujeres en el close up, la fragmentación o en los mecanismos de shock y anestesia. Las mutaciones del sensorium, que ya analizara Benjamin refiriéndose a la reproductibilidad técnica y a las posibilidades del montaje[50], se han intensificado y ahora entramos en una nueva fase; en palabras de nuestras gurus: «When the digital is political».

Las transformaciones históricas de las identidades y relaciones de género en los medios no dejan lugar al optimismo, aunque sepamos ya que lo que sucede en ámbito de la recepción sea harina de otro costal. Y que sobre la producción, incluida la feminista, habría mucho que decir. En paralelo, la introducción de discursividades paródicas, con Madona a la cabeza, a lo largo de los últimos años ha abierto nuevos horizontes que han despertado un gran entusiasmo entre algunos sectores feministas[51]. El posfeminismo, la teoría queer, la pospornografía, el feminismo prostético, al reclamar el carácter reflexivo y constructivo de las identidades de género pone de manifiesto el artificio, la inscripción y subversión de los códigos. Nuestra capacidad.

POLITICAS FEMINISTAS

Como os explicamos al comienzo de este texto, nuestras idas y venidas han iluminado algunas vías para la acción política. Intentaremos poner algo de orden en este hablar desde el proceso.

En primer lugar y gracias al Taller de Cuidados Globalizados hemos ido delimitando nuestros puntos de ataque. La crisis de los cuidados o, más bien, la articulación política de este hecho que desde una u otra orilla nos afecta a todas y a todos, es uno de ellos. No pensamos que exista una manera sencilla de plantearlo, una fórmula única del tipo salario social, salario para el ama de casa, reparto o lo que sea. Tendremos que actuar por combinatoria. Hablamos de un conflicto soterrado con muchas patas, entre ellas, la extranjería, la concepción de los servicios públicos, las condiciones laborales, la familia y el afecto, que tendremos que abordar de un modo conjunto pero en su singularidad.

Frente a los discursos securitarios y criminalizadores de izquierda y derecha tenemos que tematizar la seguridad como un bien colectivo centrado en la sostenibilidad de la existencia. Los medios no hablan de esta cuestión, los políticos menos. De vez en cuando aparece algún sociólogo aludiendo a la piramide poblacional o a los cambios en las formas de la familia. Otros, progresistas, empiezan a sostener frente al gobierno que en efecto necesitamos a los migrantes, pero no son capaces de desmarcarse de la instrumentalización que se hace de los mismos. Los necesitamos sí, pero como fuerza de trabajo y úteros para la procreación.

A todo esto, hay sectores que se están pertrechando; entre ellos, las empresas de servicios, pero también las de seguros que están viendo cómo encajar las polizas de dependencia como una alternativa, para quienes puedan pagarlas, al sistema público de pensiones. De todo esto poco se habla, y de la sobreexplotación de las mujeres en uno u otro régimen –familiar o salarial– de cuidado tampoco. Los términos del contrato sexual están en juego y nos gustaría contribuir a su explicitación y, por encima de todo, a su politización.

Por otro lado, nuestro apasionamiento con el trabajo sexual, del que vamos conociendo sus vericuetos en sectores como el de las líneas eróticas o las casas de citas, vuelve a situarnos en un mapa complejo en el que también hay que hablar de extranjería, de derechos laborales y existenciales y de imaginario. Advertimos en todo esto un continuum que de momento llamaremos cuidado-sexo-atención. El afecto, con sus cantidades y cualidades, ocupa el centro de una cadena que conecta lugares, circuitos, familias, poblaciones, etc. Estas cadenas están dando lugar a fenómenos y a estrategias tan desconcertantes como los matrimonios apañados o contratados en lo virtual, el turismo sexual, los matriminos «solidarios» como forma de trasvasar derechos, la etnificación del sexo y de los cuidados o la formación de hogares múltiples y transnacionales.

En nuestro encuentro-valoración (y torneo futbolístico) de octubre de 2003 esbozamos un cuadro con casillas en las que figuraban categorías y ejes del trabajo. El cuadro era inmenso y tan sólo acertamos a rellenar una fila que tubimos que dividir en subcasillas y anotar con miles de matices al margen. En cualquier caso, la intencionalidad del mismo era entrecruzar las realidades del trabajo precario femenino. La complejidad, hay que ver lo «posmo» que somos, atenta contra cualquier impulso estructuralista; aún así seguimos pensando en elaborar hipótesis, enunciados que sin renunciar a la complejidad expresen de forma ajustada lo que nos está pasando.

En segundo lugar, hemos conversado sobre la necesidad de producir consignas, en plural, que aglutinen todos estos puntos calientes. Claro, «hagamos de nuestras necesidades, afectos y deseos un desorden global» o «acortado distancias, aumentando desigualdades» se nos han quedado cortas; demasiado generales, demasiado vagas. Durante la última sesión del Taller de Cuidados derivamos o, más bien, deliramos sobre este particular. Entre otras cosas, nos dimos cuenta de que algunas de estas consignas podían llevarnos a lugares tan ambivalentes pero necesarios como reivindicar la posibilidad de tener y criar hijos e hijas y retomar, simultáneamente, los discursos radicales, hoy tan denostados, contra la familia como gran dispositivo de control, dependencia y culpabilización para las mujeres. Impresionante ¿no?

En tercer lugar, se impone la necesidad de contruir puntos de agregación contra la atomización y la soledad. Curiosamente nuestro deambular nos ha hecho valorar en mayor medida el derecho negado de territorializarnos, si bien este territorializarnos no tiene lugar ya en el puesto móvil y cambiante de trabajo, sino en un espacio más abierto y difuso de esta ciudad-empresa. El Laboratorio de las Trabajadoras sería un lugar/momento operativo para poner en común conflictos, recursos (jurídicos, laborales, telemáticos, de apoyo mutuo y cuidado, vivienda, etc.) información y sociabilidad. Para producir agitación y reflexión. Lo vemos y no lo vemos; de momento estamos perfilándolo, no sólo en sus aspectos prácticos, sino sobretodo en su capacidad de constituirse en atractor, conector o movilizador de sectores tan distintos como las trabajadoras domésticas y las teleoperadoras. Una de las patas de este proyecto sería un centro de documentación sobre la precariedad en femenino.

En cuarto lugar, aspiramos a fortalecer algunas de las alianzas locales e internacionales que hemos establecido. Este libro y este video se perfilan como una herramienta útil para este propósito. Nos gustaría llevarlo a los lugares que hemos transitado en este año y pico. Al centro de salud y los locales de la asociación, a la plaza y al ciberespacio, al Foro Social y al centro de enseñanza.

En quinto lugar, subrayamos la importancia de la enunciación pública y de la visibilidad: si queremos romper con la atomización social, es preciso también intervenir con fuerza en la esfera pública, hacer circular otros enunciados, producir acontecimientos multitudinarios que pongan sobre la mesa la precariedad como conflicto, también en su conexión con los cuidados, con la sexualidad. Una propuesta concreta en este sentido sería construir formas de intervención, tal vez utilizando la guerrilla de la comunicación como ya lo están haciendo algunas compañeras[52]. Actuar en el campo de los cuidados y el trabajo sexual en alianza con otros grupos de mujeres como pueden ser Las Tejedoras, las empleadas de hogar, las teleoperadoras que conocemos, con la Asamblea Feminista, Hetaira y otros grupos. También, más allá, en los confines europeos; con Maiz, con las mujeres en red que se aglutinan en torno a NextGenderation y, en general, con las mujeres a las que nos hemos ido acercando y con las que podamos llegar a confluir. Nuestra deriva de búsqueda de empleo por las grandes cadenas en tiempos de guerra, de la que existe una transcripción de viaje, nos dio algunas pistas en un terreno tan inexplorado como las entrevistas de trabajo o los filtros de selección de personal en las ofertas de empleo[53]. Nuestra puesta de la mano del dispositivo insuficientemente movil contra la lógica de la guerra de la Operación Rosa también hizo lo suyo[54].

Así por lo pronto, detectamos tres tipos de conflictos latentes (o que se dan de forma invisible no organizada): (1) el absentismo generalizado en los trabajos no profesionales (telemarketing, servicios al consumo en grandes cadenas, etc.), (2) la exigencia de otros contenidos y otras formas y fines de organizar la actividad en los trabajos profesionales (comunicación, sanidad...) y (3) la exigencia de reconocimiento en los trabajos tradicionalmente desconsiderados (trabajo doméstico, trabajo sexual). Hay que tener, así mismo, en cuenta la hibridación de estos tipos e inspirarse, tal y como hicieron las teleoperadoras o tal y como apuntan algunas insubordinadas en la comunicación[55], de las propias fuentes, recursos, modalidades y oportunidades que nos brinda la acción de indagar sobre la naturaleza misma de los distintos trabajos; sus puntos fuertes y débiles. Sus conexiones comunes en una política personal de la ciudad(anía).

Otra propuesta gira en torno a la idea de construir un MayDay del precariado social en Madrid, es decir, un momento de irrupción en las calles de Madrid aprovechando el peso simbólico del 1 de mayo, pero dirigido a reapropiarnos de él trabajado en común con todos los grupos de Madrid que en este momento intentan pensar y actuar desde y contra la precariedad y pensado como forma de expresión de todas esas trabajadoras atípicas, semitrabajadoras y no trabajadoras que, a pesar de todo, tejemos cada día la riqueza social[56]. Algunas emergencias de todo esto ya se han producido en nuestro entorno más inmediato, aunque, la verdad, no siempre con buenos resultados[57].

En sexto lugar, nos empezamos a enfrentar de forma consciente a la necesidad de movilizar recursos económicos e infraestructuras comunes. Queremos liberar, tal y como hacen los partidos; liberar de la extranjería y liberar de la precariedad. Para ello podemos montar una agencia matrimonial... Podemos desobedecer, falsificar, piratear, acoger y todo lo que se nos ocurra. De todos modos, tanto la propuesta del Laboratorio como otras muchas que podamos acometer pasan por el dinero y el dinero, ya se sabe. No nos gustaría devenir star systems y andar de aquí para allá sin poder desarrollar las redes locales que tanto necesitamos o caer en la dependencia de la subvención. En fin, que estamos dando vueltas a todo esto al grito de ¡Pasta ya!

Los recursos, como vamos entendiendo, son igualmente inmateriales y afectivos. Nuestra apuesta es el construir el procomún. Para ello es preciso colectivizar el conocimiento y las redes frente a la rentabilización individual y bien cercada a la que tan bien nos han acostumbrado las agencias intelectuales y empresariales de la ciudad del renombre.

Y ya para acabar. Unas cosas nos llevaron a otras: las derivas a más derivas, a talleres y miles de diálogos y debates, a la manifestación y las grandes superficies, a la posibilidad de acumular –más allá de la política de los gestos, también de los gestos cotidianos– densidad, historia, vínculo, narración, territorio… y en esas andamos.

[1] Hemos colaborado con www.centrodearte.com/plantillas/Revista/Proyectos/plt_portada_proyecto_5... con la video artista María Ruido en www.sindominio.net/karakola/cuerpos_de_produccion.htm y «Totalwork», www.sindominio.net/karakola/precarias/totalwork.htm; hemos apoyado, así mismo, un encuentro entre colectivos de mujeres inmigrantes en Europa (MAIZ, Austria; Anacaona, Bélgica; AMDE, España y …, Italia) www.servus.at/maiz/oeffentlichkeit.html y participado en las jornadas «Pensar en Precario», euskalherria.indymedia.org/eu/2003/01/3501.shtml, etc.

[2] «El precariado es al postfordismo lo que el proletariado fue al fordismo: trabajadores flexibles, eventuales y a tiempo parcial, autónomos, son el nuevo grupo social que requiere y reproduce la transformación neoliberal postindustrial de la economía. Es la masa crítica que emerge del vortex de la globalización capitalista, mientras fábricas y barrios demolidos se ven reemplazados por oficinas y áreas comerciales. Son l@s trabajador@s de servicios en supermercados y cadenas; l@s trabajador@s cognitiv@s que operan en la industria de la información, la gente cuyo trabajo autónomo empuja a formas extremas de autoexplotación. Nuestras vidas devienen literalmente precarias por imperativo de la flexibilidad»; www.chainworkers.org

[3] De hecho, en una ocasión diseñamos una deriva, que luego no llegamos a realizar, en la que seguíamos los pasos de la deriva guiada pero introduciendo algunos componentes de la acción: la idea básica era la de sentarse en grupo y en unas sillas plegables en distintos espacios públicos –en el metro, en una terraza bar, en una plaza, en un almacén, etc.– conformándolo así como una estancia.

[4] Este sencillo método tubo ya su momento de ensayo durante las acciones de mujeres en el célebre, por raquítico, Foro Transatlántico celebrado durante la presidencia española de la Unión Europea en 2002. Pues bien, en aquella ocasión retomamos una campaña impulsada por La Eskalera Karakola en 1999 y nos lanzamos a reetiquetar las prendas de Bershka (Inditex) con frases del tipo «talla estandarizada de normalización anorexica» o «100% trabajo explotado».

[5] www.hetaira.info. Sobre LICIT: www.ub.es/geocrit/sn-94-100.htm.

[6] Como algunas recordarán, las Jornadas Estatales Feministas de Santiago de Compostela de 1989 representaron uno de los hitos en la emergencia de un enfrentamiento que giraba en torno a la pornografía, las fantasías sexuales, la prostitución y el trabajo sexual en general, un debate que, en último término, y tal y como sugeren algunas teóricas, remite a las concepciones feministas en torno a la sexualidad y a la violencia. Ya a comienzos de los 80, simultáneamente al arranque del movimiento feminista en España, surgen en distintos países europeos iniciativas dirigidas a la legalización de sindicatos de prostitutas, pero no existe en este momento ninguna conexión real entre feministas y putas en el Estado Español, donde el punto de vista dominante entre las primeras había sido el de considerar a las putas como víctimas del sistema patriarcal dignas de ser reinsertadas. La conexión de algunos sectores del movimiento con las prostitutas llegará más adelante. En 1990 se celebra las Primeras Jornadas sobre Prostitució, Sexualidad, Pornografia y dependencies afectives organizadas por la Coordinadora de Catalunya con la asistencia de la trabajadora sexual italiana Carla Corso. También en Madrid, en 1990, se celebraron unas jornadas de debate en torno a estas cuestiones que fueron publicadas posteriormente. «Lo que está emergiendo en este nuevo enfoque es un incipiente, a la par que extremadamente sugerente, movimiento a favor de los derechos de las prostitutas, con organizaciones locales y vínculos internacionales. El nuevo entendimiento se basa en la noción de una problemática común, plena de solidaridad pero exenta de paternalismos… ‘porque las prostitutas plantean las mismas demandas que las feministas (y que el conjunto de las mujeres): aspiran al derecho al trabajo, a recibir protección contra la violencia, a una vida sexual en forma en la forma en que cada cual prefiera, y éstas son cuestiones importantes para el feminismo, así que la lucha es la misma’», Marjan Sax en R. Osborne, ed. Las prostitutas: una voz propia. (Crónica de un encuentro), Barcelona, Icaria, 1991. Véase también el volumen Debates Feministas, editado por la Comisión Anti-agresiones y la Coordinadora de Mujeres de Barrios y Pueblos del MF en 1991. Tras este apasionante periodo de debates y conflictos se abre otro más anodino repleto de pronunciamientos institucionales de corte integrador y contra el tráfico de personas y la violencia, ajenos, en cualquier caso, a la posición de reconocimiento de los derechos de las trabajadoras sexuales. De modo que los congresos de las prostitutas van por un lado y las declaraciones institucionales y de los grupos de mujeres, salvo algunas excepciones, por otro. En la Comunidad de Madrid, y bajo el gobierno ultraconservador del PP, se han sucedido distintos acontecimientos públicos de orientación claramente abolicionistas. A comienzos de 2000 se han celebrado algunos talleres y jornadas más o menos a favor de los derechos de las prostitutas. Entre tanto, la labor reivindicativa y de apoyo a las prostitutas realizada por Hetaira y otros colectivos como Licit en Barcelona se ha consolidado y han surgido nuevos grupos y alianzas en este sentido, a la par que se ha desatado, aún timidamente en España, el debate en torno a la regulación con la constitución de una comisión en el Senado a la que han sido invitadas algunas feministas (M. J, Miranda y R. Osborne) que han manifestado la imposibilidad de abrir cualquier tipo de debate que no incluya a las protagonistas. Las intervenciones en esta comisión pueden consultarse en www.izquierda-unida.es/actividades/mujer/actualidad/actosenado.pdf, 2002.

[7] Algunas han querido ver aquí una confrontación entre reclamar derechos como trabajadoras o hacerlo como mujeres.

[8] Carole Pateman ha abordado el contrato (temporal) de prostitución revisando algunos de los argumentos más relevantes. Para esta autora se trata de determinar la singularidad del mismo en el seno de las sociedades patriarcales, algo que tiene que ver con el hecho de que quienes prestan este tipo de servicios son mayoritariamente mujeres y que éstos van unidos a la identidad sexual, es decir, a la construcción de la feminidad y la masculinidad (y no ya al sexo o al cuerpo). Según ella, conforman un tipo específico de subordinación (diferente a otros contratos de venta de la fuerza de trabajo o a los que tienen lugar en otros sectores laborales feminizados). También es específico en relación al matrimonio o a la maternidad surrogada, auque mantiene una relación con estos contratos sexuales. La clave, según ella, reside en que estos servicios encarnas significados patriarcales ya que lo que se adquiere es la sujección sexual o derecho de mando sobre la prostituta (algo que incluye la sexualidad pero no sólo). Lo cierto, y aquí reside nuestra diferencia con Pateman, es que lo que se adquiere en la mayor parte de los casos no es una sujección, como si dijeramos, real sino una ficción –una representación de la sumisión, del deseo, de la debilidad o de tantas otras cosas diferentes– que está sujeta a una negociación. Y como en toda negociación, los términos de la misma están en relación directa a la fuerza que en cada momento tenga cada una de las partes. De momento retengamos la idea de que para esta autora la prostitución establece una relación amo-súbdito y un modo de acceso, en este caso mercantilizado, al cuerpo de las mujeres. En su revisión de los argumentos de Pateman, Fraser distingue entre un nivel social y otro cultural o simbólico. En el primero, resulta más que dudoso que el contrato selle el control del cliente y la anulación de la mujer que, contra esta concepción, detenta un control considerable sobre la transacción sexual y goza de total autonomía fuera de ella (a diferencia de lo que ocurre en el matrimonio). Es más, si revisamos los argumentos de Pateman a la luz de nuestras reflexiones sobre la precariedad femenina veremos que muchas de sus explicaciones no nos sirven y quela presunción de dependencia y sometimiento en los trabajos de sexo, en realidad, no es tal o por lo menos es menor en relación a otras áreas. Para Fraser la dificultad no está en la relación contractual, sino en la esfera de lo simbólico, y es en ella donde la prostitución releva hoy la fragilidad del género. «Sugiero –sostiene Fraser– que aquello que con frecuencia se vende ahora en las sociedades del capitalismo tardío es una fantasía masculina del ‘derecho sexual masculino’, fantasía que implica su precariedad en realidad. Lejos de adquirir poder de mando sobre una prostituta, lo que obtiene el cliente es la representación escenificada de dicho poder» (p. 307). De modo que estas fantasías choca, por un lado, con la práctica contractual y, por otro, con una amplia gama de asociaciones diferentes que no se agotan en el modelo amo-súbdito, masculinidad-feminidad, sexo-violencia, y es aquí donde nuestra exploración puede abrir nuevos caminos. Lo que sí nos gustaría rescatar de Pateman es su encono para con los contractualistas liberales, en la actualidad encarnados por los empresarios a favor de la regulación, para los que la libertad contractual desatiende las condiciones sociales; entre otras, la difícultad de establecer contratos justos (no ya libres o voluntarios) en el contexto de un mercado laboral profundamente jerarquizado según el sexo, la raza y la procedencia.

[9] Tal y como explica Elena Larrauri, a partir de la década de 1980 asistimos a una expansión de la figura de la víctima en el derecho penal, algo que contaba ya con una importante tradicción en la criminología crítica que hablaba de los «delítos sin víctima». «Surgían víctimas por doquier (…), la víctima de las drogas era el propio consumidor, la víctima del tráfico sexual entre adultos la prostituta, la víctima de la pornografía las mujeres, etc. Se produjo una especie de consenso en la necesidad de ‘intervenir’ y se rechazaba la imagen de sujetos ‘libres’», p. 231. Uno de los resultados de esta expansión fue el «robo del conflicto a la víctima». La misma argumentación válida para la consideración de delito puede ser empleada al hablar de la consideración de trabajo; si el trabajo es una forma de retribución dirigida a garantizar una existencia digna, entonces, la prostitución no es un trabajo. Pateman C., El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995. Fraser, N., Iustitia interrupta. Reflexiones críticas desde la posición 'postscialista', Santa Fé de Bogotá, Siglo del Hombre ed., Univ. De los Andes, 1997.

[10] Tal y como explicó M. J. Miranda en su intervención en la comisión del Senado, la regulación parte de la categoría de «derecho sin víctima», definida por E. M. Schur: «transacción o intercambio voluntario entre adultos de bienes y servicios con fuerte demanda y legalmente proscritos». Esta definición excluye, como es obvio, la prostitución infantil y la prostitución forzada y está en la base de la legislación vigente en España y en la mayor parte de los países europeos. Quienes se autodenominan ‘trabajadores/as del sexo’ (como por ejemplo el International Commite for Prostitutes’ Rigths), apoyadas por grupos feministas y empresarios del sexo, solicitan, sin embargo, un paso más: en cuanto actividad económica y laboral ‘con fuerte demanda’, requiere una regulación que garantice: (1) la descriminalización de la prostitución libre entre adultos, (2) la regulación de las relaciones entre terceros (clientes y empresarios) de acuerdo con las leyes de comercio, laborales, fiscales, y otras regulaciones de las actividades económicas en general, (3) la aplicación estricta de las leyes penales contra el fraude, la coacción, la violencia, el abuso sexual de los niños, el trabajo infantil, los delitos contra la libertad sexual y el racismo, se produzcan donde se produzcan, tengan caracter nacional o internacional e impliquen o no la prostitución, (4) el respeto de sus derechos humanos y libertades civiles, incluyendo la libertad de expresión, de viajar, de emigrar, de trabajar, de casarse, de tener hijos, y cobertura de riesgos de desempleo, salud y vivienda, (5) derecho de asilo para todos aquellos a los que se acuse en su país de un ‘crimen of status’, como prostitución u homosexualidad, (6) libertad para elegir el lugar de trabajo, dentro de las regulaciones administrativas aplicables a otro tipo de actividades económicas y (7) derecho de asociación y trabajo colectivo. Evidentemente, la agenda de los empresarios no es idéntica a la de los colectivos en defensa de las prostitutas. La referencia electrónica aparece en la nota 7.

[11] Sobre este particular citaremos, entre otros, los siguientes textos: Osborne, R. 1991 y Garaizabal, C. www.pensamientocritico.org/crigar0703.htm, 2003.

[12] Colectivo IOE, Mujer, inmigración y trabajo, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Madrid, 2001; Proyecto Cles, Barcelona, París, Turín. Intervenciones sobre la prostitución extracomunitaria, Torino, Edizioni Formazione 80, 2002; Agustin, L. «Trabajar en la industria del sexo», en www.nodo50.org/mujeresred/laura_agustin-1.html y «Cruzafronteras atrevidas: otra visión de las mujeres migrantes», en Martín, M., Miranda, M.J. y Vega, C. Delitos y fronteras. Mujeres extranjeras en prisión, Madrid, Ediciones Complutense (en prensa).

[13] Sassen, S. Contrageografías de la globalización, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003 y Gregorio, C. y Agrela, B (eds.), Mujeres de un solo mundo: globalización y multiculturalismo, Granada, Universidad de Granada, 2002.

[14] «Pero, a no ser que consideremos mafiosos a banqueros, patronos, mercaderes y tanta gente que se aprovecha de las necesidades de las personas para acumular dinero, es conveniente distinguir entre lo que son las redes que posibilitan la entrada ilegal de emigrantes de lo que son las mafias. El término mafia se refiere a aquellas estructuras organizadas que extorsionan a las personas, mediante chantaje, coacción y violencia, para obligarles a hacer algo en contra de su voluntad. Y esto, aunque se da en algunos casos, no puede hacerse extensible a la forma como mayoritariamente entran los inmigrantes en nuestro país», Miranda, M.J. 2002, nota 7. En cuanto a la actividad, nos remitimos al siguiente fragmento: «‘Las cosas han cambiando mucho’, me asegura. ‘Ahora no hay más que delincuencia. Antes se pagaba entre siete y ocho mil en cama. Ahora estas niñas (hace un gesto señalando a las ecuatorianas y rumanas que están en la acera de enfrente) no cobran más de quince euros. Así no puede ser’. Sin embargo, le molesta mucho que se hable de mafias. ‘Aquí no hay mafias. Hay delincuentuchos, que andan por aquí. Pero no hay mafias, ni de rumanas, ni de rusas, ni de nada. Y si queréis ver bien qué es lo que hay, estaros aquí, pero en distintas horas, no en un ratito para que veáis lo que va y lo que viene’. ‘Estas mujeres, me dice señalando a las rumanas, no están utilizadas por ninguna mafia. Tienen sus chulos, como todas’. ‘Tienen sus ‘maridos’, añade M» (salida trabajo sexual).

[15] Sobre esto, véase por ejemplo, el último trabajo audiovisual de Ursula Bieman, Remote Sensing, en el que se establece un vínculo en ocasiones difuso entre las estrategias de migración, las políticas de extranjería, las condicionantes del mercado y las organizaciones mafiosas; www.geobodies.org/video/sensing/sensing.html.

[16] Hetaira cuenta con una unidad móvil que es una vía para establecer una red de contactos en los que se compagina apoyo, asistencia, sociabilidad y agitación. Desde esta unidad se contacta con las mujeres, se disemina información y recursos, se visibiliza un punto de referencia para afrontar dificultades o promover reivindicaciones de forma colectiva, etc. Las ventajas de esta práctica organizativa son evidentes cuando las condiciones de vida y trabajo resultan extremadamente inestables y cuando las mujeres se ubican en diferentes áreas de la ciudad. En realidad, las conexiones están ahí, existen como un producto del propio trabajo en la calle, pero como sucede con otros sectores no son suficientes puesto que conviven con la competencia y, aquí más que en ningún otro lado, con el estatuto alegal de la prostitución de calle, con la desconfianza y con el acoso ejercido por la policía y extorsionadores varios.

[17] Dada la situación en la Casa de Campo y la zona centro, Hetaira ha solicitado en repetidas ocasiones del Ayuntamiento que convoque un Foro para la Prostitución.

[18] Y entre las dos comienzan a contar y contar, a mucha más velocidad de lo que mi capeza es capaz de procesar: que no hay casi ninguna puta independiente, que casi todas también las españolas tienen chulos y las rumanas están metidas en mafias rusas y bosniokosovares y ucranianas que tienen proxenetas mujeres (que estás con ellas en la casa de campo y las vigilan y las controlan y les pegan y maltratan si hace falta). Parece que se les exige que hagan un dinero al día impresionante, un dinero que ‘no se hace en la casa de campo’ dice E. Y ayer pegaron a una chica, a una que siempre la están maltratando, siempre le obligan a estar al sol y ayer la pegaron le empezaron a pinchar con un palo y todo en el vientre. Hoy no ha venido a trabajar S. Intentó intervenir en la paliza ayudar a la chica y la amenazaron con cortarle las piernas por meterse donde no la llaman, pero ella no tiene miedo, dice y llamó a la policía, pues que no se peguen delante de ella al menos. E. Sí tiene miedo, cuenta como las mafias han matado a bocajarro a un policía nacional y si le hacen eso a un policía qué no les pueden hacer a ellas (…) Nos lo cuenta en un caudal de palabras imparable acompañado de mil gestos, le va en ello el cuerpo el alma y todo. Habla de cómo ya no hay relaciones limpias, de que las rumanas no exigen los condones, pero bueno que pasa el otro día un cliente para un completo, casi se quita el condón a traición, pero que no todas somos iguales, dice, que pasa eso, no puede ser que se la chupen sin condón. Lo que termina de alterarla es el tema de la reunión con el alcalde. Ella se expresa con una claridad incomparable, tiene las cosas muy calaras lleva muchos años trabajando allí pero es que se pondrá nerviosa y ya ha dado la cara otras veces y está harta de dar la cara sola y es que las putas todas tienen chulos o mafias y ella no quiere ir otra vez sola. No, pero bueno, están las demás de Montera, está C. que si la conoce, bueno, se empieza a animar y dice que ella llevaría a Gallardón a dar una vuelta por la casa de campo y que viera lo que hay, ella le enseñaría, sí, como está lleno de mirones y entre los mirones (…), algunos son chorizos y esperan a verte hacer algunos coches para luego merodear a tu lado sin perder tu bolso de vista. Y los policías que llegan patrullando y detienen los coches donde ellas trabajan impidiéndoles trabajar así. Y las mafias ucranianas, encima ahora se han puesto a robar los coches de lujo de los clientes cuando la chica termina su servicio (…). Y a las chicas rumanas las violan los de las mafias y los municipales y la policía también violan a los trans y a los travestis, y si no se dejan amenazan con lo papeles o la detención (…). Sí, ella va a ir a la reunión, esperará ver lo que se dice, que hablen los demás, porque hay que oírlo todo para después hablar claro. Y entonces dirá que policía sí pero en moto, que dé seguridad pero sin molestar y es que ahora se venden los sitios en la casa de campo se venden a algún chulo… (Relato «Ver, recordar y cinco dedos», salida trabajo sexual).

[19] En el banco de enfrente unas africanas están arreglándose. Se colocan unas a otras el tirante, se ajustan las minifaldas, y se maquillan durante largo rato. Un chico de unos veinte años pasea con su perro cerca de ellas. Al cabo de un rato se acerca y habla con una. Parece que se conocen. Charla también con el grupo, y después vuelve a hablar con la primera. Pasado un rato el chico se va como enfadado. Camina rápido y tira de su perro para marchar más deprisa. Se para un momento a hablar con el guarda jurado. La chica africana se acerca de nuevo. El chico se separa para hablar con ella. Al cabo de un rato se separa con violencia. ‘¡Das mucho por culo – eh morena! ¿No me hablas y ahora me pides fuego?’ Ella se aleja y se sienta. Él se acerca de nuevo. Se agacha y se apoya sobre las rodillas de ella. Veo una historia que se ha repetido en estos días. La de un hombre, normalmente joven, que va buscando en realidad una pareja. La quiere hermosa, pero también la quiere disponible, a ser posible que no plantee muchos problemas. Lo que está claro es que la busca. Y se engancha con facilidad. Es la historia de aquel chico que se acercó a L, la albanesa, es la historia de este chico, y son las múltiples historias que me contaron aquella noche (salida trabajo sexual).

[20] Todo esto está muy bien contado en «No hay polla que le calce» y otros relatos de campo por Montera y la Casa de Campo; www.sindominio.net/karakola/precarias.htm.

[21] Véanse los relatos y entrevistas incluidas en el presente volumen.

[22] Esta perspectiva ha sido explorada por el ciberfeminismo y el posgénero; en relación a la telefonía erótica: www.echonyc.com/~women/Issue17/boon.html.

[23] Sobre conciliación: Consejo de la Mujer, Conciliar la vida. Tiempo y servicios para la igualdad, CAM, 2003; en particular, Tobio, E. «Conciliación o contradicción: cómo hacen las madres trabajadoras» y García C., «Organización del trabajo y autonomía personal. Apuntes para un debate sobre flexibilidad y conciliación» en este volumen.

[24] Marugán B. y Vega, C. «Gobernar la violencia. Notas para un análisis de la rearticulación del patriarcado», Política y Sociedad, vol. 39, pp. 415-435, 2002.

[25] Sobre el Estado del Bienestar español: Giner, S. Y Sarasa, S. (eds.) Buen gobierno y política social, Barcelona, Ariel, 1997 y Adelantado, J. (coord.) Cambios en el Estado del Bienestar. Políticas sociales y desigualdades en España, Barcelona, Icaria, 2000. Para una visión general con cifras de los cambios en la familia: del Campo, S. Y Rodríguez-Brioso, M. «La gran transformación de la familia española durante la segunda mitad del siglo XX», Reis, 100, 2002, pp. 103-165.

[26] Algunos datos comparados para el debate: (1) crece la longevidad de los europeos (la esperanza de vida es de 75 años para los hombres y 81,2 para las mujeres, 82,7 para las españolas); (2) desciende la tasa de natalidad, especialmente en España (aunque hay que señalar que ha aumentado ligeramente en los últimos dos años); (3) disminuyen los matrimonio (2,2 millones en 1980 y sólo 1,9 en 2000); (4) crecen los divorcios (de 0,5 a 0,7 millones para las mismas fechas); (5) aumenta la natalidad extramatrimonial (hace veinte años menos de uno de cada diez nacimientos era extramatrimonial, ahora lo son casi uno de cada tres, aunque las tasas más bajas se dan en España, el 14% frente al 27,2%), E. L. De Espinosa, «España y la población europea», EL PAIS, 6 del 12 de 2001.

[27] Jaques Dozelot explica cómo se produce la crisis de la familia del Antiguo Régimen. La interrelación entre los poderes estatales y familiares cambia; la familia se organiza de un modo más flexible y se afirma en ella un sentido sobre la autonomía y la protección de sus miembros… (p. 51-96); La policía de las familias, Valencia, Pre-Textos, 1998.

[28] Vega, C. «Interroger le féminisme: action, violence, et gouvernementalité», Multitudes. Féminismes, Queer, Multitudes, Exils, Paris, 2003. En www.sindominio.net/karakola/textos.

[29] Actualmente en España, unos 7 millones de personas (17,1% de la población) tienen más de 65 años, y según los escenarios de proyección elaborados por el INE, podrían llegar a ser 9,4 millones (21,7%) en 1025 y 12,8 millones (31%) en 1050.

[30] Esto ha sido ampliamente analizado en la literatura a partir de la interacción entre la estructura del mercado laboral en España y las leyes de extranjería. Por ejemplo en Gil, S. «Políticas públicas como tecnologías de gobierno. Las políticas de inmigrantes y las figuras de la inmigración» en Aguirre, M. y Clavijo, C. (eds.), Políticas públicas y Estado de bienestar en España: las migraciones. Informe 2002, FUHEM, Madrid. Tal y como explica S. Parella Rubio, «… el propio ‘marco institucional’ no sólo delimita legalmente la denominada ‘etnoestratificación’, sino que, además, es copartícipe en la configuración de un mercado de trabajo sexuado para la fuerza de trabajo inmigrante, relegando a las mujeres a las actividades típicamente ‘femeninas’ más proclives a la invisibilidad y a la explotación. Esta situación repercute claramente en la composición de los flujos migratorios y en las estrategias migratorias, ejerciendo un efecto de atracción (pull) que sirve de estímulo para que las mujeres migrantes sean pioneras de la cadena migratoria, a sabiendas de que la política migratoria española les ofrece mayores posibilidades que a los hombres para regularizar su situación jurídica» (p. 286), «El trasvase de desigualdades de clase y etnica entre mujeres: los servicios de proximidad», Papers, 60, 2000.

[31] C. Catarino y L. Oso, «La inmigración femenina en Madrid y Lisboa: hacia una etnización del servicio doméstico y de las empresas de limpieza», Papers 60, 2000.

[32] L. Agustín (en prensa) lamenta que esta perspectiva no sea desarrollada al hablar de trabajo sexual.

[33] Para algunas aportaciones a estos debates en el Movimiento Feminista en el Estado Español, véase Córdoba

[34] Sobre legislación en el contexto europeo y otras cuestiones relacionadas con el sector doméstico: H. Lutz, «At your service Madame! Domestic Servants, Past and Present. Gender, Class, Ethnicity and Profession», www.vifu.de/new/areas/migration/projects/lutz.html. También pueden consultarse los artículos publicados en los dos volúmenes de la International Women’s University (IFU): VVAA, Crossing Borders and Shifting Boundaries. Gender on the Move y Gender, Identities and Networks, Leske + Budrich, Opladen, 2002.

[35] En esta línea se sitúan aportaciones tan importantes como las de Cristina Carrasco, Soledad Murillo o Arantxa Rodríguez, entre otras. Recientemente en las Jornadas «Cuidar cuesta: costes y beneficios del cuidado», 2003, www.sare-emakunde.com

[36] Algunas referencias sobre las reivindicaciones migrantes en el terreno doméstico son: www.solidar.org, www.kalayaan.org, www.cfmw.org. También habría que destacar aquí las luchas por la supervivencia de las mujeres en América Latina o luchas ciudadanas emergentes que tematizan cuestiones de recursos y cuidados como las del movimiento de las mujeres de la periferia en Francia bajo el lema «Ni putes ni soumises» o las de la red de mujeres migrantes y autóctonas en Italia «Punto di partenza».

[37] Tampoco son técnicas en sentido estricto –montadoras de redes, programadoras, especialistas en hardware o software, etc.–, sin embargo, una vez más, no siempre resulta fácil o conveniente distinguir, como bien muestra la experiencia de los HackLabs o de Indymedia, las tareas vinculadas a la comunicación, la información y la tecnología.

[38] En este sentido, las palabras que Monica nos dijo hace unos meses se han convertido en providenciales ahora que vuelve a estar en la calle: Sí, duramos poco. Porque sustituyen el tiempo de vacaciones de los otros y luego ya está ¿no? En ese sentido yo soy una privilegiada porque presento un programa a mi edad, que eso es muy raro, pero también todo lo que he tenido que sudar para estar ahí. Yo no me lo creo, a veces digo ha merecido la pena el esfuerzo y a veces digo por qué tanto, más que esfuerzo, porque soy trabajadora y me esfuerzo como cualquier persona, pero además la preocupación de tener un nudo en el estómago, de qué va a pasar mañana, además, das un paso en la escalera, y la escalera se hace más gigante, el siguiente paso es dos metros más grande. El tema de que he conseguido algo que muy poca gente ha conseguido que es tener un contrato. Pues ahora me tengo que enfrentar a que me hagan el siguiente contrato, y ya la prueba (Deriva de medios, primera parada).

[39] Luego de esto me puse a hacer vídeo books, y de ahí una chica para las que hice un vídeo book me dio el contacto de la productora para la que ahora hago trabajos esporádicos. Yo llegué allí… y el tipo lo que me dijo que querían a alguien con quien contar ocasionalmente. Me metí y lo primero que hice fue aprender a manejar el programa de ordenador, que de eso me alegro porque he aprendido a manejar un programa que no lo hubiese aprendido en otro sitio. Iba todos los días allí para manejar el ordenador. No me pagaban, hacía cosas. en realidad no hacía nada para la empresa. Yo no tengo la sensación de haber trabajado gratis, sino de haber utilizado los recursos de un sitio o de haberme inventado trabajos. Entonces lo que pasó fue que llegó otra chica, que luego me enteré que era la chica que esporádicamente (porque aquí todo es esporádico) se dedicaba a grabar cosas, representaciones teatrales... Así que lo de esta chica fue muy curioso porque de repente estábamos las dos yo creo que queriéndonos quedar en la empresa y todo esto muy sutilmente, porqué todo lo sientes a nivel de que te percibes, de que ahí hay algo raro. Al principio iba todo bien, las dos aprendíamos a manejar el ordenador, los trucos. Entonces ella empezó a montar una obra de teatro por ordenador y yo me puse a ayudarla, pero me di cuenta de que ella iba a cobrar por esto. Así que yo estaba trabajando gratis para ella. Ya no era el jefe el que se estaba aprovechando de mí, sino ella. Lo hablé con ella y, bueno, me ofreció dinero, pero pasé y como siempre me fui de vacaciones, algo a lo que nunca renunciaré, y cuando volví fue lo más terrible (Deriva de medios, segunda parada).

[40] Gonzalo Abril, Teoría general de la información, Madrid, Cátedra, 1997.

[41] La totalidad de este debate está recogida en la transcripción de la Deriva de medios; sindominio.net/karakola/precarias.htm.

[42] Como se observa en un reciente libro sobre los medios: la expectativa de la declaración de identidad está incorporada en el proceso general de la globalización; Sampedro, V. (ed.) La pantalla de las identidades. Medios de comunicación, políticas y mercados de identidad, Barcelona, Icaria, 2003.

[43] Carolina nos contó que una práctica habitual por parte de las productoras consiste en compran guiones por un cierto periodo y derechos de adaptación, pero también ideas que son reescritas o incluso tratamientos en una desarticulación intelectual sin fin que nos tra a la mente la caducidad del concepto tradicional de arte o autoría.

[44] Jesús Martín Barbero, un sus reflexiones sobre la televisión lo explica del siguiente modo: «El malestar en la cultura de la modernidad que expresan las generaciones de los más jóvenes en América Latina, su empatía cognitiva y expresiva con los lenguajes del video y el computador, enlazan con el estallido de las fronteras espaciales y sociales que la televisión introduce en el hogar des-localizando los saberes y des-legitimando sus segmentaciones. Ello modifica tanto el estatuto epistemológico como institucional de los lugares de saber y de las figuras de razón. No es extraño que el imaginario de la televisión sea asociado a los antípodas de los valores que definen a la escuela: larga temporalidad, sistematicidad, trabajo intelectual, valor cultural, esfuerzo, disciplina. Pero al ser acusada por la escuela de todos los males y vicios que acechan a la juventud la televisión devela lo que ésta cataliza de cambios en la sociedad: desde el desplazamiento de las fronteras entre razón e imaginación, entre saber e información, naturaleza y artificio, arte y ciencia, saber experto y experiencia profana, a la conexión de las nuevas condiciones del saber con las nuevas formas de sentir y las nuevas figuras de la socialidad», «Televisión: entre lo local y lo global», 1999, www.uc3m.es/uc3m/inst/MU/fr_publicaciones.htm. Para una crítica al imperialismo cultural: Chris Barker, Televisión, globalización e identidades culturales, Barcelona, Paidós, 2003.

[45] Como explica Sadie Plant: «De todos los medios de comunicación y máquinas que han aparecido a finales del siglo xx, la Red se ha considerado como el compendio de la nueva distribución no lineal del mundo. Sin límites en cuanto al número de nombres que se pueden utilizar, un individuo puede convertirse en una explosión demográfica en la Red: muchos sexos, muchas especies. Sobre el papel no existen límites a los juegos que se pueden jugar en el ciberespacio. Acceder a una terminal es también acceder a recursos que antes estaban limitados a aquellos que tenían el aspecto, el acento, la raza y el sexo adecuados, ahora no es preciso declararlo. Usar la Red se convirtió en una cuestión de navegación, en un modo de cambio de canal facilitado y exigido por una información que ya no se encontraba encuadernada en textos lineales o en clasificaciones de bibliotecas, sino que requiere ser atravesada lateralme», Ceros y unos, Barcelona, Destinos, 1998.

[46] El impulso creativo se resuelvan de distintas maneras. Carolina sale por un barrio de la periferia, cámara en mano, para hacer un documental. Hace cursos y, a diferencia de sus compañeros, frecuenta el cine no comercial. Alejandra participa de un colectivo de producción audiovisual implicado en los movimientos sociales, Deyavi, que hoy por hoy no le soluciona lo del sustento. El programa de radio Pingüina, obra original de Angela y Monica que ganó el premio CCCB a la creatividad y los nuevos lenguajes artísticos y en el que, por cierto, se entrevista a La Eskalera Karakola, no está en las ondas, sino en una grabación inédita y en la apasionada mente de sus autoras. Acerca de la explotación del impulso creativo, Carolina comenta la sensación de desgaste, de chupa sangres que ella experimenta y que, piensa, se agotará en algún momento si tú misma no bebes de distintas fuentes.

[47] Aquí se plantean varios problemas. Uno de ellos es el de la propiedad intelectual y los nuevos cercamientos. Otro, no menos importante, se refiere a los límites que hoy por hoy tiene la circulación de «otros mensajes» y su dificultades a la hora de transpasar la concentración económica y de mando de los grandes medios y de la industria del entretenimiento. Otro más, tiene que ver, con la constitución misma de esos mensajes otros.
Sobre todas estas cuestiones, véase http://sindominio.net/biblioweb. También Bernardi, F. La fábrica de la infelicidad. Economía y movimiento del Cognitariado, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003.

[48] Ahí van algunas referencias inestimables: Haraway D. Modest_Witness@Second_Millennium.FemaleMan©_Meets_OncoMouse™, Nueva York, Routledge, 1997; Mike Featherstone y Roger Burrows (eds.), Cyberspace/Cyberbodies/Cyberpunk: Cultures of Technological Embodiment, Londres, Sage Publications, 1995; Katherine N. Hayles, How We Became Posthuman: Virtual Bodies in Cybernetics, Literature and Informatics, Chicago, University of Chicago Press, 1999; Chris Hables Gray (ed.), Cyborg Handbook, Londres, Routledge, 1995, y la propia Sadie Plant. El material que circula en la red es apabullante; se puede entrar en castellano desde http://ciberfeminista.org, con links a otras páginas, entre ellas, www.cybergrrl.com, www.webgrrls.com y www.geekgrrl.com.au. En inglés, www.cyberfeminism.net.

[49] Más allá del lema de la CNN,